Melisa Ortiguera


Era el mes de agosto de aquel año en que Melisa Ortiguera y Raúl Méndez, compañeros de oficina en una repartición pública, habían pedido permiso para rebuscar en un viejo edificio próximo a demoler, algunas “reliquias” que, supuestamente, habrían quedado abandonadas.En junio había empezado la búsqueda y los hallazgos. Lo primero que encontró Melisa fueron los versos escritos a mano, con innegable tinta y pluma, que don Enrique R. Henríquez había enviado a alguien llamado Hilario Bastida. Luego, con la ayuda de Raúl “el Coco” Méndez, habían sacado con cuidado la tapa de atrás de una biblioteca pequeña que en uno de sus marcos tenía una chapita de metal que decía “Piedras de Molle – Dirección”. Aparecieron partituras para piano humedecidas y mohosas: el Himno Nacional de la República Oriental del Uruguay – Edición 1950, Marcha Mi Bandera, Himno a Artigas, con letra de Ovidio Fernández Ríos y música de Santos Retali – Edición 1945, Canto a José Pedro Varela, Pericón Nacional, vidalitas, cielitos, medias cañas, chimarritas, algunas marchas patrióticas, obras para piano de Schumann: Ensueño, Alegre campesino, entre otras, piezas de Albéniz, de Beethoven, Liszt … La mayoría de ellas estaban cruzadas en el ángulo superior izquierdo por una larga y clara firma: María del Socorro Dellepiane de Airaldi. Algunas tenían un sello desvaído en el que se leía Escuela Nº 1 – José P. Varela y algo que había quedado ilegible, la ciudad o el departamento uruguayo al que pertenecía.

–Te dije que parecía una biblioteca escolar –le había comentado Melisa al Coco.

–Y yo te dije que teníamos que traer unos guantes de goma –había sido la respuesta.

También encontraron libros: Historia Patria de H.D., varios tomos del Plan Concéntrico de Ortografía, ejemplares del Texto Único para diferentes grados, libros de poesía, textos de Humberto Zarrilli, cuentos de Constancio Vigil de clásicas tapas de color anaranjado con ilustraciones en color…

–Ah, ¡qué divino! La hormiguita viajera, La moneda volvedora, El mono relojero… –Melisa sonreía embelesada con el descubrimiento que le traía recuerdos de su mamá leyendo para ella y para su hermanito a la hora de la tan odiada siesta.

–Me va a dar asma si seguís revolviendo esos papeles. Dejá esos libros haceme el bien, por Dios y la Virgen Santa…

–Tan dramático siempre, Coco. Mañana traigo un bolso grande y me llevo los libros porque, si total van a tirarlos, van a estar mejor en mi casa, ¿no?

–Tu madre te mata si seguís llenándole la casa de porquerías, Melitina querida.

–Estás latoso como mi abuelo –agregó Melisa mientras hojeaba el libro para tercer año de Zarrilli. –¡Qué divino, qué divino…! –repetía ella

–¿Qué dice Alvarito a todo esto?

–Nada. ¿Qué va a decir?

–¿Dónde van a meter todo esto cuando se casen, digo?

mirada, Coco desvió la conversación hacia otro punto.

–De discos, nada –dijo.

–Nada

Uno de aquellos fríos y lluviosos días de junio, el guardia que cuidaba la entrada del ruinoso edificio les avisó que “mañana queda clausurada la entrada y la semana que viene tiran todo abajo, así que hoy es el último día que los dejo entrar”.

Algunos documentos y cajas de diversos tamaños, habían quedado para el final de la pesquisa; entre las últimas cosas, un viejo portafolios de cuero aparentemente vacío.

–¿No se te ocurrirá llevarte esa porquería del año del ñaupa? Melitina querida; ni lo toques. Te vas a agarrar hongos en las uñas.

–Es igual al que usaba mi maestro de sexto, Rodolfo Canosi.

–Mi amor, ¿sabés la cantidad de gente que debía tener un portafolios como ese?

–Capaz que quedó alguna lista de alumnos. Podemos averiguar nombres y buscarlos en el Registro Civil.

–Mike Hammer no lo haría mejor que vos, Melisa.

–Perry Mason me gustaba más.

–Y encontrar algo que valga la pena acá es una… “Misión imposible” –dijo Coco en tono misterioso mientras sacaba el encendedor de un bolsillo y al tiempo que lo prendía, comenzaba a tararear el tema musical de la serie de televisión.

Los dos se rieron de la ocurrencia, tosieron y volvieron a reír hasta que las carcajadas sonando en el edificio hicieron que el guardia subiera las escaleras a preguntar qué estaba pasando.

–Va a tener que llamar a Ben Casey –seguía riendo Coco.

–Pero es más lindo el Dr. Kildare –tosió Melisa entre risas.

–Ustedes están locos. Van a tener que retirarse, señores. No pueden hacer tal escándalo. Esto es… era… es un edificio público –dijo el guardia enfatizando aquello de “es un edificio público.”

–No se preocupe, oficial. Nos vamos antes del Arresto y juicio; ya no volvemos más. Prometido –dijo intentando no seguir riéndose al ver que el veterano oficial fruncía el ceño.

–Retírense inmediatamente, ¡maleducados! Son gente grande haciendo papelones de botijas.

El guardia estaba cada vez más enojado. Pensaba, tal vez, que se estaban burlando de él. No era así pero a veces la risa es difícil de detener.

–Melisa se dio vuelta a tomar el portafolios y una caja, que colocó bajo el brazo, y de espaldas y con toda maldad infantil acotó – Yo quedé “Hechizada” con lo que encontramos.

A los dos minutos estaban en la calle, bajo el frío invernal, riéndose como adolescentes, rumbo a su oficina e intentando no llamar demasiado la atención. Seguían recordando series de televisión y jugando con los títulos.

Justo es decir que luego del mediodía, a instancias del remordimiento de conciencia de Melisa, regresaron a pedir disculpas al oficial de guardia apostado en la puerta del viejo edificio. Fue difícil convencerlo pero finalmente les creyó. Estaba ya para jubilarse y no tenía ni ganas ni humor para decirles otra cosa que “está bien, está bien”, mientras pensaba: “total ya no vienen más y yo tampoco”.

El tiempo corrió. Era agosto. Ese día llovía y el frío se sentía intensamente dentro de la Catedral de Montevideo. Melisa esperaba y observaba el interior de la iglesia, las imágenes iluminadas suavemente, unas pocas personas sentadas en silencio, el aroma tan clásico de ¿incienso?, aroma de iglesia sin duda. “Es linda la catedral”, –pensaba Melisa. “Es tan tranquilo acá adentro”. Había colgado el paraguas en el respaldo del asiento de adelante, junto a ella tenía el portafolios de cuero que había encontrado el último día revolviendo en aquel edificio que ya no existía. No lo habían derrumbado totalmente pero habían sellado puertas y ventanas con ladrillos y revoque.

–¿La señorita Melisa? –preguntó un hombre canoso, bastante añoso, o al menos lo parecía. Llevaba un paraguas negro, grande, chorreante, colgado al brazo, vestía una gabardina y sombrero de fieltro que se sacó para saludar.

–Sí. ¿Usted es?

–Américo Fernández, el fotógrafo. ¿Puedo? –dijo señalando el banco de madera


Américo se sentó al lado de Melisa.
Ella le tendió la mano. Se saludaron.

–Encantada, Américo. Por fin. Mire que lo busqué… Qué suerte haber dado con usted.

–Más suerte la mía. Si no se le da por ir a Tristán Narvaja y mirar fotos viejas… ¿Cómo supo que era mía?

Melisa miró el portafolios a su lado; lo tomó y se le ofreció a Fernández.

–Mire adentro –dijo con una sonrisa. –Espero que no se haya mojado lo de adentro. Cuando salí de casa no llovía tanto y el cuero es bueno, resiste el agua.

Américo se secó las manos con el pañuelo de tela que sacó de un bolsillo al tiempo que hablaba.

–Espere un momento, señorita. ¡Es que se largó un aguacero! ¡Y justo a una cuadra de acá.

Melisa sonreía mientras sostenía el portafolios sobre su falda.

Américo lo tomó y apoyó sobre sus rodillas, desenganchó las correas de los bolsillos que ajustaban el frente, apretó el pequeño cerrojo de la tapa y lo abrió.

–Mire el nombre escrito en el revés de la tapa –pidió Melisa suavemente.

El fotógrafo leyó en voz alta.

–¡Hilario Bastida! Mi jefe del diario. ¿Este era su portafolios? – preguntó mirando a Melisa.

Melisa hizo un gracioso gesto que asentía a la vez que dudaba.

–Viejo amigo mío… ¿Qué guardaste? Mi severo director. ¡Tan buena gente! – hablaba Américo para sí, casi murmurando, emocionado.

–Mire sin miedo, don Américo. Es muy lindo lo que va a encontrar, seguro.

Américo tragó saliva, sostuvo la respiración y quedó suspendido por unos segundos, de sus pensamientos. Después de soltar el aire lentamente miró dentro del portafolios. Un ejemplar doblado cuidadosamente de “Hora de Molle”, el único diario del pueblo, un pueblo que lo había recibido sin preguntar; había sido el “joven fotógrafo”, “el nuevo periodista del diario” de Piedras de Molle.

–Yo escribía para este diario, sabe. Firmaba las notas, sociales, en general. Tenía un seudónimo: Centinela.

Fernández se rió en silencio.

–Como si nadie supiera quién era el “centinela”. Don Hilario era el dueño del diario y el director de la escuela del pueblo escribía los editoriales de los jueves y los domingos. Don Juan Bautista Pedernal, el maestro y director de la escuela, era un hombre muy respetado; muy querido era. Fue uno de mis primeros trabajos para el diario, si no fue el primero, ya no me acuerdo. Se iba. Se jubilaba y se iba de viaje. Le hicieron una gran despedida en la confitería que estaba frente a la plaza. ¡Qué noche divina! Todas las luces encendidas. ¡Hasta el cura estaba! Yo sacaba las fotos. Ese día conocí a mucha gente del pueblo. El poeta Henríquez, siempre con una prosa refinada y sin perder el acento español.

Melisa lo escuchaba extasiada y sonriente. Ella había tenido en sus manos algunos de los últimos manuscritos del poeta.

–Siga viendo lo que hay dentro del portafolios y entonces le voy a contar cómo di con usted – dijo Melisa sin intenciones de apurarlo.

Américo empujó hacia adelante el amarillento diario plegado y vio un montoncito de fotografías. Las sacó. Eran fotografías de la despedida de don Bautista. Los ojos se le nublaron en lágrimas. Fotos de la reunión. Ahí estaban los Garmendia, las maestras de la escuela, el cura, el estanciero don Conrado Céspedes, ¡el comisario!…

–No sabe lo que era esta gente: divina. El comisario Sosa era un gran tipo, confiable, de una honestidad y un sentido del deber…

Américo miraba las fotos y a Melisa alternadamente.

–Los funebreros…, ¡qué personajes!

Américo sonreía y reía por lo bajo con las lágrimas corriendo por sus mejillas.

–Esta fue foto de primera plana: la Confitería Canale que en realidad se llamaba “Confitería Molles de Oro”. Le pedí a las personalidades del pueblo, después a los amigos, él no tenía familiares allá, que posaran frente a la puerta de la confitería acompañando a don Bautista posando al centro del grupo.

–Así lo encontré, por la copia de una de esas fotos –acotó Melisa

Américo la miró con extrañeza.

–Mire. Esta es la copia que encontré en una librería de Tristán Narvaja, acá en Montevideo.

La copia de la foto se veía ajada y un poco deslucida por el tiempo, pero indudablemente era el frente de la misma “Confitería Molles de Oro” en cuya entrada, Américo Fernández, había fotografiado al grupo de la despedida. La confitería lucía orgullosa a pleno sol. Estaba firmada en el borde inferior derecho por Américo Fernández – Fotografía.

–¡Pero mire usted! – dijo Fernández. –Quién habría dicho lo lejos que llegó esta foto. Yo la saqué para la familia Canale, los dueños de la confitería. ¿Cómo habrá llegado hasta Montevideo, no?

–Atrás no dice nada –explicó Melisa. –Pero como yo había visto la que usted sacó con la gente, aquella noche, frente a la confitería, no podía ser otra. Era la misma confitería. Lo que son las casualidades ¿no? Yo ya había perdido la esperanza de encontrar al dueño del portafolios y el origen.

–¡Piedras de Molle es un pueblo generoso, decían todos y tenían razón –acotó Américo que continuaba maravillado, emocionado, absorto en las fotografías, en el portafolios, en este viaje a un pasado querido, que creía haber perdido para siempre. –Pero, ¿cómo me encontró? Ni figuro en la guía. No tengo teléfono. Una vecina me presta cuando necesito… Me llaman ahí mis amigos, los colegas.

–Le pregunté al librero por la fotos y me dijo que una señora, una tal -no se acordaba bien- Bernadette, Ninette, tal vez Jeanette Ledoux, lo había visitado un día con el esposo; estaba casada con un uruguayo. Era una francesa que trabajaba acá en la Embajada de Francia. Llamé a la embajada y pedí por la señora Ledoux. Me dijeron que ya no trabajaba ahí pero que podía encontrarla llamando a la Sociedad de Anecdotarios de la Memoria (filial franco-uruguaya en Montevideo). Llamé y me pidieron que fuera el día que se reunían: los miércoles a las seis de la tarde. La señora Marie-Lisette Ledoux – ni Bernadette, ni Ninette-, era una señora mayor que hablaba español con un fuerte acento francés. Muy agradable de trato. Ella me confirmó que “efectivamente yo llevé las copias repetidas de fotos a un amigo librero que tiene un local en Narvaja y otros recuerdos que guardaba mi esposo y era mejor exponer”.

–¿Y su esposo cómo tiene estas fotos de Piedras de Molle?, le pregunté en aquel momento –contaba Melisa. –Ella me respondió que “porque él había vivido en la localidad de Piedras de Molle”. Me contó que él era viudo y había tenido un local en el pueblo; que llevaba las novedades que llegaban de Montevideo: revistas, juguetes, artículos para el hogar…

Una sonrisa apareció en el rostro de Américo Fernández.

–Lo conoció en la librería cuando ella llegó a buscar “L’éducation sentimentale” de Flaubert y me contó la razón de buscar ese libro que había leído hacía muchos años y que se le había perdido, tal vez prestado a alguien que nunca se lo devolvió, etcétera, etcétera. El caso es que ese hombre que estaba hablando con el librero le estaba contando una anécdota de cuando el pueblo en donde vivía se inundó y los ataúdes de la funeraria iban en procesión hacia el cementerio.

“A usted le parecerá una cosa horrible de contar, pero lo estaba narrando con una gracia que tuve que reírme yo también, que ni siquiera estaba en la conversación”, me contó la señora Ledoux –siguió Melisa.

Américo ya estaba poniendo un rostro y una voz al hombre de la librería. Asentía suavemente y en silencio a la narración de Melisa.

–El caso es que lo invitó a ir a la Sociedad de Anecdotarios de la Memoria de manera que cada miércoles, rigurosamente a las seis de la tarde, “hora de l’apéro”, según la señora, tomaban una copita y luego venían las anécdotas junto con algunos entremeses. Con el tiempo, y ambos viudos, se casaron. Me invitó esa tarde horrible de invierno a quedarme, tomar algo con ellos y de paso conocería a su esposo, “Manuel Martínez aunque él prefiere que le digan…”

–Lolo –intervino Américo, el Lolo Martínez ¿no?

–¡Sí! Él me ayudó a buscarlo. Un hombre mayor pero con una energía y un buen humor, insuperables. ¡Los cuentos del pueblo! El caso es que llegué a usted por el amigo de un amigo de otro amigo y le dejé el mensaje a una señora que atendió el teléfono que me habían dado, de usted, y me aseguró que le daría el mensaje. Disculpe, don Américo, no quise molestarlo.

–No. Por el contrario. Es la vecina de la que le conté que tiene teléfono y me lo presta.

En ese momento la catedral se iluminó un poco más. Un coro ensayaba In monte olivetti de Orlando di Lasso.

–Perfecto, ¿no?

Américo y Melisa se quedaron a escuchar. El coro ensayaba madrigales y motetes.

Como para no quebrar el sacro y sereno ambiente, Melisa casi le susurró al fotógrafo

–El miércoles que viene vamos a encontrarnos con Martínez.

–Me parece muy bien. El Lolo es macanudo. ¡Qué pueblo generoso, Piedras de Molle, por Dios!

(continuará)

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