Raúl y Carolina

Este relato transcurre durante los días fríos de junio y julio en un barrio montevideano de aquellos que conocimos por los años sesenta y setenta del siglo XX.
La magia existe y está mucho más cerca de lo que creen los adultos. Los niños y los animales lo saben.

La miró. Ella estaba sentada en el escalón de una casa.

Parecía muy entretenida; conversaba con un osito blando, de piel desteñida y ojos de botón. Hablaba bajito con él para no despertar a los vecinos de la cuadra.

No había nadie en la calle.

Un vientito fresco amontonaba hojas amarillas y marrones en el garaje de al lado.

Se acercó un poquito y se sentó más cerca de ella.

En ese momento la nena cantaba y el osito bailaba en sus rodillas.

Tomó ánimo y se acercó un poquito más.

Ella no lo había visto todavía, estaba muy ocupada ahora poniéndole a su oso una bufandita de lana en franjas de colores.

Se acercó un poquito más y trató de hacer algo para llamar la atención de la nena; entonces como estaba bastante frío estornudó.

Los dos se miraron.

– ¡Salud! -le dijo ella.

Y él sonrió moviendo la cola.

– Vení – le dijo Carolina – ¿te perdiste? Este es Panzo. Antes era bien gordito, por eso le puse Panzo. Panzo, salude…

Y el osito inclinó todo su cuerpo ayudado por la mano de Carolina.

– Yo me llamo Carolina ¿y vos?

Él inició un saludo pero le salió un ladrido raro, ahogado, como una tos.

– ¿Rauj?¡Rau! ¿Rau… Rau…? ¿No será Raúl? Hola, Raúl.

– Carolina, ¿con quién hablás? – se oyó a la mamá detrás de la puerta entornada.

Carolina se puso de pie, se colgó con una mano del pestillo de la puerta y dijo

– ¡Con Panzo y… nadie!

Cuando miró a la calle Raúl había desaparecido.

– Carolina, entrá a hacer los deberes – llamó el papá.

La calle quedó más vacía cuando la puerta se cerró detrás de Carolina.

Raúl miraba todo desde atrás del árbol que estaba en la esquina.

En los días siguientes Raúl buscó la manera de encontrarse con Carolina.

La esperaba moviendo la cola en la puerta de la panadería y luego la acompañaba en el regreso a casa.

Se sentaba al lado de ella cuando esperaba sola, en el escalón de la casa, a la bañadera que la llevaba a la escuela .

Conversaban un ratito.

Él la escuchaba bien atento apoyando la cabeza en sus rodillas.

En realidad Carolina lo entendía.

Él sabía bien cuando simpatizaba con alguien y había aprendido a alejarse de los que no lo querían.

Un día, Carolina salió a la feria con la mamá.

Raúl se hizo el distraído y cruzó a la vereda de enfrente cuando las vio acercarse.

Qué gusto le dio cuando Carolina sin darse vuelta agitó su mano para saludarlo sin que mamá lo notara.

Los días de lluvia Raúl se quedaba bajo el techito de la parada del ómnibus y miraba fijamente la puerta de madera de la casa de Carolina.

Y un día cuando el tiempo se había puesto bien frío Carolina no se asomó a la calle; al siguiente tampoco.

La bañadera vino y se fue sin ella.

Raúl no entendía.

La esperó en la puerta de la panadería casi todo un día, al otro se sentó en

la vereda de enfrente a la casa, por las dudas.

Al tercer día se echó cerca del escalón de entrada donde Carolina se sentaba a esperar a la bañadera.

No se decidía a cambiar de barrio; este le gustaba, era tranquilo, con poco tránsito, tenía comida y abrigo en el taller mecánico y… estaba Carolina.

Raúl decidió que mañana iría por última vez a la hora en que Carolina salía a jugar en el escalón.

Y así lo hizo pero el escalón estuvo mucho rato vacío.

Se iría… Pero cuando Raúl casi llegaba a la vereda de enfrente oyó la voz de Carolina.

– ¡Raauuúl!

Carolina se asomaba por la puerta entreabierta.

– Carolina! -llamó la mamá – cerrá esa puerta. -¿Qué querés…?¿enfermarte peor? 

– ¡Gripe! -gritó Carolina y estaba segura de que Raúl entendería.

Publicado por Ed. ROSGAL – 1ª ed. 1994

*   *   *

Comenta en Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *