La escuela: el día después de mañana

Como escribía en abril de este mismo año, 2020, la educación se encuentra ante nuevos desafíos. Docentes, alumnos, padres y hasta transportes y edificios escolares están enfrentados a una nueva realidad. Llegado agosto las escuelas han comenzado a retomar, lentamente, el ritmo de las clases presenciales. Hay protocolos sanitarios que cumplir, hay cuidados de higiene que tener en cuenta, distanciamiento físico y cambios en las actividades de recreación escolar y deportes para niños. Los padres retoman sus tareas fuera del hogar y continúan ensayando formas de colaborar con sus hijos en las tareas escolares. Sería muy bueno que esto fuera transcurriendo así de sencillo. Pero la realidad es compleja, las múltiples realidades son complejas y muchas veces, complicadas.

Hay realidades económicas que traerán dificultades que ya se avizoran, cambios en las formas de trabajar, miles de desempleados, miles de postergados, sistemas y organizaciones de salud y servicios públicos que deberán rearticularse, generación de recursos para la sustentación de la vida misma que habrá que ensayar.

Para quienes hemos estado en la esfera de la educación por largos años, la enseñanza y el aprendizaje están en la base de cualquier cambio que pretenda ejecutarse con éxito.

Una meta alcanzable puede ser la de que los aprendizajes formales se realicen mediados por la tecnología.

Una proyección posible, teniendo en cuenta una realidad planetaria que continúe aproximadamente como hasta hoy, es que lo que se aprendía y practicaba en las aulas, entiéndase matemática, lengua, ciencias…, se aprendería, practicaría y avanzaría individualmente con la mediación de la tecnología. Esto permitiría, como se mencionaba en aquel artículo anterior, la desaparición de la estructura escolar por grados. Se avanzaría de manera individual e individualizada.

Edgar Morin hablaba desde fines del siglo XX de cómo debíamos cambiar la forma de concebir los saberes en el siglo XXI. Para conocer más al respecto puede leerse Los siete saberes necesarios para la educación del futuro que es posible encontrar en la red en versiones digitales. Morin trae a sus textos en reiteradas oportunidades, la noción de la incertidumbre como fundamento para el aprendizaje, como fundamento para la esperanza, para continuar en la búsqueda de caminos. Navegamos, dice, en un mar de incertidumbre con algunas islas de certidumbre o certeza.

Zygmunt Bauman (2000)nos acercó al concepto de entornos líquidos, cambiantes, como agua que se escurre entre los dedos.

Mientras tanto, la teoría de Clay M. Christensen (1995) 1 acerca de la innovación disruptiva, ¿podría aplicarse a la educación? Se partiría, como actualmente, de aplicaciones sencillas para ir a más, moviendo algunos actores de lugar.

Entonces asumamos la complejidad, aprendamos a navegar, y a nadar, y lancémonos a este mar agitado. Dejemos que nuestros niños aprendan a su ritmo, cada uno a su ritmo. ¿Es esto una utopía? Tal vez, pero no lo sería tanto si empezáramos a construir este panorama cuanto antes.

¿Cómo nos preparamos para este primer salto? No es sencillo, claro, pero ya lo estamos haciendo aquí en Uruguay. Vamos a necesitar muchos maestros, muchos más de los que hoy están trabajando presencialmente y desde la virtualidad.

Más maestros, mejor formados en las áreas de la educación digital, más asesores creativos, más generadores de programas atractivos, más juegos didácticos y divertidos, más videos y audiovisuales en línea permanente para visualizar. Más niños con formación digital; ellos son los más hábiles y abiertos a ella. Más padres mejor preparados.

¿Se puede? Sí, claro que sí. Los maestros no desaparecerían ni perderían contacto con sus alumnos. ¿Cómo? La escuela, el edificio, la sede como tal, se transformaría en el punto de encuentro para la socialización, la recreación, la conversación, la discusión, la ampliación y consulta.

Imagino escuelas en donde aprender a intercambiar vivencias, saberes, experiencias, en la que maestros, padres, niños puedan compartir dejando de lado los bancos varelianos o las mesas colectivas.

No más clases de lunes a viernes, no más turnos, no más escuelas como depósitos de niños porque molestan en casa. En casa y en horarios a elección, hacer las tareas. A la escuela para socializar, para momentos de recreación, para ir al encuentro del otro.

¿Suena a anarquía? No necesariamente. Para llevar esto a cabo y con éxito hará falta mucha disciplina, mucha organización. Se puede.

Es difícil cambiar estructuras que llevan más de cien años de la misma manera. Falta un trecho por recorrer para que se pueda llegar a ese momento de coordinación de capacidades, formación y trabajo conjunto entre especialistas para dar más tiempo para “lo humano”.

Desaparición de la organización escolar por grados, aprendizaje individualizado, educación formal mediada por la tecnología, maestros y especialistas humanizando la inteligencia artificial y la escuela como nucleador social.

Otras cabezas ya estarán pensando en cómo superar un apocalipsis de desempleo, hambre y enfrentamientos.

En cuanto a la educación de nuestros niños ya deberíamos estar pensando en el día después de mañana.

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1 http://grupobcc.com/wp/wp-content/uploads/2015/05/CLAYTON-M.-CHRISTENSEN-2.pdf Inicialmente “describe un proceso por el cual un producto o servicio comienza inicialmente con aplicaciones sencillas en la base del mercado para luego llegar a lo más alto, consiguiendo desplazar con el tiempo a otros competidores”.

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Una respuesta a «La escuela: el día después de mañana»

  1. Estoy totalmente de acuerdo contigo, me parece muy difícil que se logre a un mediano plazo en este país. Falta plasticidad en el cuerpo docente y en las autoridades. Más en los primeros, pero son los importantes. Ni siquiera es posible hablar de sacar la moña azul, resabio de la década del 30 del siglo pasado…
    Ojalá lleguemos a esa escuela de Morin.

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