Ángela

Silencio de domingo.

Llovizna y niebla.

El paisaje quieto afuera y quieto adentro.

Ángela, sentada frente a la ventana como cada día, miraba hacia el jardín.

Silencio afuera. Silencio adentro.

Era poco importante el silencio para ella. Había silencio en su cabeza desde hacía un buen tiempo. Fue en otro tiempo. Hacía tiempo, ¿mucho tiempo? o tal vez no demasiado. Fue el tiempo de las furias, de golpes, de gritos, gritos y rabia y golpes. Furia, rabia y marcas en la piel y en los huesos. Terror, miedo, abandono. Hasta que no hubo más. No sabía. Ni se acordaba. Era pasado. Hubo un pasado. Pasó más tiempo. Vagar sin horizonte. Equivocarse otra vez.

Ahora es hoy, sin nostalgia, sin recuerdos. Hoy aquí, frente a la ventana, de espaldas a la sala ver el jardín empañado de niebla, cristales nubosos y cristalinos opacos. Pero estaba hoy, sentaba frente a la ventana que da al jardín como cada tarde de sol o de lluvia. A veces se sentaba en el jardín mudo de sonidos, toldado de sombra fresca y verdes difusos. Silencio de pájaros, de ladridos y de risas. Silencio de los pocos niños que llegaban de visita y estaban siempre lejos.

Cada día sentada frente a la ventana un golpecito suave en el hombro y una cara sonriente y borrosa le hacía señas indicándole que debía ir a comer. Tal vez le hablaban y con unas caricias en la espalda la ayudaban a ponerse de pie. Esta gente la cuidaba bien y le estaba agradecida.

Ángela había enmudecido con los años. En su universo de silencio y niebla estaba el jardín y en el jardín, los otros.

Ella dejaba que la mimaran un poco aunque se sabe que no se mima mucho a los viejos. ¿Creen que los viejos no se dan cuenta? Se había acostumbrado tanto a la amabilidad que ya no sabía qué era afecto.

Llovía mansamente en el jardín.

Ángela apagaba su silencio un poco más en cada siesta, en cada noche, en cada recuerdo que se iba.

Descansaba en la seguridad de la sala, frente a la ventana y al jardín que se oscurecía mojado y solitario. Respiraba suavemente.

No se agitaba. Simplemente discurría en el tiempo.

Nadie le exigía ya salir a caminar ni con sol ni con nubes.

Iba de la sala al jardín y del jardín la conducían hacia adentro vigilando su andar vacilante

¿Familia? No, no se tenía registrada una familia. Simplemente la habían dejado.

Nadie había venido a verla nunca. Tal vez la creían ya muerta.

Había sido una buena madre y muy buena niñera. Había impuesto respeto por su porte. Había sido noble y fiel con su familia.

¿Edad? Quién sabe. Los malos años le habían quebrado la juventud. Tal vez tuviera 15 años.

¿Nombre? Desconocido.

En el refugio la llamaron Ángela

*   *   *

Comenta en Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *