¿Certezas o incertidumbres?

Conocer y pensar no es llegar a una verdad absolutamente cierta,
sino dialogar con la incertidumbre

Edgar Morin

Edgar Morin es un filósofo y sociólogo francés que ha hablado y escrito mucho en relación a las certezas y a las incertidumbres. Su pensamiento es muy influyente en el área de la enseñanza por sus conceptos de la complejidad, multidisciplinariedad e interrelacionamiento entre áreas de conocimiento.

La pregunta del título refiere a cómo vivimos, percibimos y tratamos, o no, de entender la realidad. Como se ha dicho, no hay una sola realidad sino que también ella es múltiple.

Comencemos por definir términos para entender mejor hacia dónde va este artículo.

La certeza se define como el conocimiento claro y seguro de algo.

Se denomina incertidumbre a la situación de desconocimiento que se tiene acerca de lo que sucederá en el futuro.

En un mundo cambiante y retador, de revoluciones y cambios, ¿es posible tener todas las certezas? Navegamos, dice Morin, en un océano de incertidumbres en el que es posible encontrar algunas islas de certeza.

La percepción y la necesidad de certezas no es la misma a lo largo de la vida y de las circunstancias. Los niños necesitan certezas para poder sentirse seguros. Ellos necesitan conocer los límites de su accionar, necesitan de nuestra autoridad de adultos presentes, sin titubeos, con coherencia y firmeza. Esta contención es necesaria, tanto como como lo es la certeza de contar con nosotros y con nuestra confianza.

Como adultos nuestras certezas refieren fundamentalmente a las esferas de los valores, la ética y la moral. Adherimos y tenemos, o no, ciertos valores; elegimos ajustarnos, o no, a ciertas normas éticas; aceptamos y actuamos bajo preceptos morales de manera consciente o inconscientemente.

Sin embargo al observar otras áreas de pensamiento y acción las certezas van difuminándose para dejar paso al desafío de la incertidumbre.

Aferrados a verdades eternas nuestro pensamiento pasa a ser inamovible, se convierte en un acto de fe. La fe es anterior y previa a la confianza. Tenemos o no tenemos fe, a priori. La fe se siente, no se discute.

En este siglo XXI de realidades cambiantes, paradigmas que caen, comunicaciones en tiempo real que nos informan y desinforman, que nos ponen al tanto de realidades diversas, economías tambaleantes, de migraciones masivas… las verdades eternas van quedando atrás. Las certezas se derrumban.

Asumir las incertidumbres nos confronta, nos obliga a repensar y proyectar estrategias.

No es relativismo, rechazo o escepticismo, es poder tener una postura consciente, es pensar escenarios posibles, para diseñar alternativas. Es lo opuesto a las simplificaciones y al simplismo. Debemos poder repensar a la luz de nuevos contextos. No es añadir conocimiento, es repensar conocimientos, como dice Morin.

Las certezas, como las rutinas, nos detienen en una zona segura. “No cambiemos nada, está todo bien así”.

La incertidumbre es el motor de la creatividad, del progreso, del cambio para las mejoras. Hubo un tiempo en que el aguatero repartía agua casa por casa, pero a medida que población de Montevideo crecía, la realidad y el el futuro desafiaron la costumbre y obligó a pensar en alternativas al aguatero, al farolero, a las calles de tierra. Unos empleos desaparecieron y se crearon otros.

Para ser un adulto que cuestione las realidades, que acepte diversidades y antagonismos, la persona, como dice Morin, no podrá edificar su pensamiento sentado en una roca de certidumbre. Nos hemos educado aceptablemente bien en un sistema de certezas, pero nuestra educación para la incertidumbre es deficiente, agrega. Para los docentes, el reto de educar para la vida remite a educar para la incertidumbre y los cambios presentes y futuros.

Debemos prepararnos y preparar a los más jóvenes para navegar en el océano de la incertidumbre del conocimiento y de las realidades móviles. La incertidumbre nos desafía, nos mueve a reflexionar, a crecer, a estar atentos y a prepararnos para avanzar.

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