Juntos. Un cuento para empezar el otoño.

Si dejamos jugar libremente a los niños van a entenderse, seguro. Podrán no hablar el mismo idioma, tener culturas distintas, pieles, ojos y cabellos diversos pero ellos solo se ven en su esencia, solo se ven como lo que son: niños. Este cuento lo escribí para la Editorial Rosgal en el año 1994

Mauricio solo pensaba en dibujar… dibujaba… dibujaba siempre. Siempre que estaba despierto, aunque dormido también soñaba que dibujaba.

A veces imaginaba enormes nubes blancas y esponjosas, como de espuma.

Dibujaba en sueños caballos con alas y supernaves extraterrestres; soñaba que volaba en sus dibujos, que sub¡a enormes escaleras, espada láser en mano, a pelear con el dibujo gigante de un dinosaurio terrible, o que le met¡a un golazo al arquero con cara de malo del cuadro contrario en el ángulo de la red cuadriculada a regla.

Dibujaba en los vidrios empañados del ómnibus cuando iba a la escuela, en la arena de la playa, en las servilletas de papel, en las tapas de los cuadernos de clase y en el aire cuando se acostaba por las noches.

Mauricio imaginaba, copiaba, creaba y recreaba.

Su cuarto tenía las paredes llenas de hojas coloridas, también la cocina de mamá y el taller de papá.

– Es un…! -le gritaba su hermano.

– Andrés! -cortaba la mamá cuando éste le hac¡a bromas y se burlaba porque él, Mauricio, prefería dibujar a jugar a la pelota.

Es que Mauricio prefería dibujar a cualquier otra cosa.

– Precioso dibujo! -le dijo una voz y enseguida una cabeza con pelo largo asomó por la copa del árbol.

Mauricio estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el tronco nudoso y viejo. Miró hacia arriba.

– Hola! -dijo Mauricio -¿Que hacés ah¡?

– Trepo y camino. Se ve tan lindo todo desde acá arriba. ¡Qué bien dibujás!

– Gracias -dijo Mauricio.

– Tengo nueve ¿y vos?

– Nueve -contestó Mauricio.

– Voy a bajar. Solo a ver el dibujo.

Silvina bajó del árbol con gran agilidad, luego se sacudió con las manos las bermudas y la remera y se sentó al lado de Mauricio.

– Qué bien dibujás -repitió.- A mí… yo no sé. Lo que más me gusta es subir a los árboles, correr, jugar a la pelota. Dibujar no sé. Mamá dice que las niñas no suben a los árboles. Algunas niñas me dicen que yo soy… no sé por qué… si quieren decir…

Mauricio la miraba.

Pensó – Si me dice de subir al árbol me muero.

Y Silvina pensó – Que no me diga que dibuje.

– ¿Querés trep-dib-ar-ujar? dijeron Silvina y Mauricio a la vez.

– Nn-oo, gra-gra-cias-cias -dijeron juntos otra vez. Y se rieron juntos también.

– Yo te enseño – dijo Silvina – no es difícil, hay que tener cuidado y elegir árboles fuertes. Yo te ayudo.

Mauricio no dijo nada. No sabía qué decir. Silvina era tan linda.

– Subí vos -dijo por fin – Yo te miro.

– Subí conmigo. Yo te ayudo.-afirmó Silvina.

– ¿Y después dibujamos?

– Yo no sé. -dijo Silvina

– Yo te ayudo – sonrió Mauricio.- Dibujar es GENIAL!… como subir a los árboles.

Aquella tarde el follaje verde se rió con ganas.

Y, aunque no era otoño todavía, cayeron dos hojas del árbol viejo… dos hojas de papel llenas de color.

Publicado para ediciones ROSGAL – Año 1994

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