Sin discusión

En general, cada tanto nos gusta reunirnos con amigos, con familiares, hacer un asadito con compañeros de trabajo en la casita de la playa, luego un partido de fútbol en la arena, organizar una “tallarinada”, una “lentejeada” en los días fríos del invierno, que suple los aromáticos chocolates con bizcochitos de anís de las abuelas, “tomarse una” juntos y reírse por horas. Cierto, ¿no? Estos son solo algunos ejemplos de tantas reuniones que añoramos.

Pero -siempre hay un bendito “pero”- está la política y esta fuerza arrolladora que impulsa a los uruguayos a teñir sus comentarios, o a intercalar en ellos, opiniones y críticas de la situación del país. Y sí, confesemos que los uruguayos adultos tienen – tenemos- un discurso político incorporado a todas las células.

En año electoral, este componente integrado político-celular se agita y agita nuestras cabezas. Entonces surgen las disyuntivas sociales y familiares. ¿Vamos a almorzar juntos en familia y los ravioles los tragamos junto con la acidez de las discusiones? (Léase discusiones y no diálogos 1). A veces esas discusiones son realmente desagradables porque el tono se vuelve violento. Alguien pone fin cuando sugiere por encima de todas las voces: “¿podemos comer en paz?”. Y agrega: “No hablen más de política ni de fútbol”. Entonces la comida termina en un forzado silencio, que tampoco ayuda a la digestión sana de los alimentos, o cuando alguna voz mediadora comienza una conversación sobre los programas de televisión, las telenovelas turcas, los chismes sobre las vidas de los famosos y de los no tan famosos, las noticias policiales y lo raro que estuvo el verano, el invierno, según la época del año.

Este parece ser un panorama que habitualmente sucede en la mayoría de las familias uruguayas, medianamente estándar.

Ahora analicemos someramente esto que aceptamos sin más.

Decíamos que en tiempos electorales, en los previos también, hablar de “política” es un tema que mueve a discusiones no muy sanas. Tomamos por “política” su significado de “política partidaria”. Estas discusiones, que se transforman en debates en los que nadie está dispuesto a intercambiar opiniones y pareceres de forma tranquila, nos transforman en bichos erizados de púas y dispuestos a atacar a muerte al contrincante o a retirarse masticando enojo.

Todos los días escuchamos el llamado al diálogo fraterno, a la unión entre los uruguayos. “Estamos abiertos al diálogo”, nos dicen los candidatos en carrera, pero se olvidan de los ravioles debatidos del almuerzo dominguero.

¿Estamos abiertos al diálogo los uruguayos que no participamos activamente en política? La respuesta está en cada uno de los que lean este artículo. Entiendo que no estamos preparados para completar el proceso mencionado en otras oportunidades: escuchar, pensar, responder reconociendo si lo hacemos con opiniones personales, válidas como tales, o con argumentos bien fundados.

¿Por qué entonces algunos de nuestros amigos aclaran: “nos reunimos pero, por favor, que no se hable de política ni de fútbol”? No nos enseñaron, no aprendimos a dialogar antes que a discutir pareceres. Aducimos que con Fulano no se puede “porque tiene el balde puesto”. Esta expresión cotidiana indica que Fulano está cerrado a los intercambios de opinión porque no sabe, no quiere o no puede cambiar sus ideas, modificarlas siquiera un poco, aceptar que el otro, a lo mejor, tiene razón en algo.

Por más anuncios que hagan los candidatos políticos en carrera acerca de “estar abiertos al diálogo”, esto no va a ocurrir en la sociedad si no se empieza a practicar la discusión desde los primeros años, cuando los niños estén preparados para hacerlo.

No hay diálogo posible ni lo va a haber en temas tan urticantes como el proceso sociopolítico en Uruguay en el siglo XX hasta que conozcamos los hechos tal como ocurrieron. Los hechos son los hechos. Los hechos deben ser sostenidos con datos fieles.

Los adultos, sobre todo los mayores, tienen la responsabilidad de aceptar que la amistad podría quedar colgada con alfileres si en nuestras agendas tenemos temas censurados.

Hay trozos en nuestra historia personal y social que no están saneados. Hablarlos nos lastima, nos enfrenta, nos separa y nos fragmenta como sociedad.

Si “abrirse al diálogo” se acota a que los políticos se reúnan con sus seguidores y con quienes van a escucharlos al club barrial o al acto partidario, vamos a estar empantanados, todos amontonados en torno al fuego del jefe de la tribu.

Si los candidatos, dirigentes, ministros, sindicalistas, dialogan en los programas de radio y televisión con los periodistas, nos enteraremos de sus propuestas y sabremos, con un poco de suerte, cuáles son sus temas fuertes, sus objetivos y sus estrategias. Mientras, nosotros escucharemos lo que hablan y, si es del caso, enviaremos un mensaje con una pregunta breve.

Las “mesas de diálogo” llevadas adelante en sedes gubernamentales, empresariales o gremiales generan espacios de trabajo, con esperables buenos resultados para los trabajadores.

“Ellos” allá y “nosotros” acá. ¿Diálogo, con quién? ¿Y el otro diálogo del que tanto se habla, el diálogo social? ¿Qué es? ¿Dónde más debería estar? Entre la gente, sin miedo a conversar de temas urticantes.

No hay escuelas de formación para generar “mesas de diálogo” familiares, domingueras, sin temas censurados y ravioles mediante. Debería haberlas.

1 Véase un artículo anterior en Quincenario: “Del diálogo a la negociación”

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