Un regalo para Baltasar

Un cuento para el Día de Reyes de aquel tiempo que pasó sin computadoras y con una tele para toda la familia

Queridos Reyes Magos:
ya tengo casi siete años
este año les pido un camión de cargar como el que vi ayer
un juego de paletas
un juego electrónico de fútbol
y la bicicleta por favor si pueden este año
si no no importa
Firma: NACHO 

Nacho dobló la hoja, la puso dentro de un sobre de color azul y escribió en el
sobre: «Gaspar Melchor Baltasar» . Después dobló el sobre y se lo metió en un bolsillo.
– Ya vengo…! Salgo a la puerta a ver si está Javi.
– Llevá el sombrero – le gritó la abuela desde la cocina entre ruido de platos y ollas.
– Tá. Nacho salió al corredor y cerró la puerta.
El sol recalentaba la calle a la hora de la siesta.
No había nadie.
Nadie jugaba al fútbol, ni a nada. Casi no pasaban autos.
Nacho se había sentado en un filito de sombra que caía sobre un murito corto al costado del edificio junto al estacionamiento para autos y a un pedazo de campito donde jugaban al fútbol. Miraba las nubecitas blancas que pasaban por detrás de las antenas de televisión.
Le hubiera gustado estar en la playa… tirándos al agua. Se acordó de la pelota
para la playa del verano pasado. Los Reyes… Este año, en la escuela le habían dicho que los Reyes no existían. Le dijeron que los Reyes eran… pero no podía ser… Era lindo creer. Cuando le preguntó a mamá ella le dijo – Los Reyes son lo que son… unos magos – y se rió.
Recordaba que el abuelo había agregado algo como que había que ser mago para comprar juguetes… y que la abuela le había dicho que se callara.
Sacó la carta del bolsillo de la remera. La leyó otra vez. La guardó.
Pasado mañana llegaban los Reyes.
Se iba a quedar despierto toda la noche a ver si los veía. Más… se iba a hacer el dormido. En eso pensaba cuando llegó el abuelo.
– Qué calor! -resopló el abuelo.
Nacho lo miró.
– Los Reyes… -dijo.
– Otra vez, Nacho! -exclamó el abuelo dando un suspiro.
– ¿Cuántos años tienen? -insistió Nacho.
– Depende.
– ¿Depende?
– Mm… sí, muchos… una punta de años – dijo el abuelo- tantos que no se acuerdan ni ellos.
– ¿No se mueren? -preguntó Nacho.
– No.
– ¿No se aburren?
– No, no creo.
– ¿Por qué les dejamos agua y pasto a los camellos y a los Reyes no? -siguió Nacho.
– Será porque los Reyes no comen pasto – dijo riéndose el abuelo.
– ¡Noo! -dijo Nacho que no le veía la gracia – digo ¿por qué no le dejamos un regalo, entonces?
– ¿Un regalo para los Reyes? Ah! Nunca vi, che! Preguntale a tu madre cuando venga esta noche. Mucho calor acá, eh…! Y recién empieza. Mirá, allá viene tu amigo.
Javi venía con la pelota abajo del brazo derecho.
– Buenas – dijo cuando llegó – ¿Vamos, Nacho?

Ya de noche, comieron tarde en la casa de Nacho, con todas las ventanas abiertas.
Mamá contaba algo de un problema del trabajo a la abuela, papá le decía al abuelo que qué vergüenza lo de no sé qué que alguien había hecho y el hombre del informativo hablaba y hablaba en la tele.
Nacho los miró y pensó – ¡¿Cómo?! La abuela no sale nunca, el abuelo pasa acá o en lo de Juan, mi papá está todo el día trabajando y cuando viene mi cumpleaños mi mamá se vuelve loca: que la torta, la pizza… que no le da el tiempo, que no tiene plata…
– Los Reyes… – empezó a decir Nacho. Pero nadie lo oyó.

La noche del cinco de enero, Nacho se acostó temprano, nervioso y deseando que todos se fueran a dormir. Había preparado un regalo para los Reyes.
La idea era que él no debía dormirse… pero se durmió.
Un vientito suave hizo que la puerta del cuarto de Nacho, que era en realidad un cuartito levantado por el abuelo entre la cocina y el comedor, se moviera y rechinara.
Nacho abrió los ojos en la oscuridad de la noche.
Oyó ruido en el comedor.
Quería levantarse y no quería levantarse. Abrió mäs los ojos porque le parecía que así podía oír mejor.
Escuchó un ruido como de silla que golpeaba la mesa, un golpecito suave y el ruido de vidrios flojos que hacía el Arbolito cuando se le movían los chirimbolos.
Después, nada más.
Se levantó despacito, despacito, y caminó descalzo hasta la puerta de su dormitorio desde donde veía el comedor.
Se asomó. Casi se desmaya. Por las ventanas entraba un poco de luz que venía de la calle.
Entonces vio. Vio. Vio parte de lo que había deseado ver. Ahí estaba esperán-dolo: ¡la bicicleta!
Sintió una alegría, una emoción, unas ganas de gritar; estaba tan nervioso que se olvidó de todo lo demás. Se metió en la cama y se tapó hasta la cabeza.
Amanecía. Nacho se despertó de un salto.
¡No! Se había olvidado de lo más importante. ¡Se había olvidado!
Voló de la cama.
Escuchó: nada. Nadie levantado.
Corrió al comedor.
La bicicleta todavía estaba ahí, verde y negra, ¡nuevita! Era… era…
Entonces Nacho se agachó y buscó algo en un rincón bajo el aparador y bajo la ventana.
Sin que nadie lo viera, ahí había dejado un alfajor que mamále había traído la noche anterior. Lo había envuelto en un papel. Había escrito una tarjetita que decía «PARA BALTASAR». Luego había pegado la tarjetita con cinta adhesiva al paquete.
El alfajor no estaba. En su lugar había un papelito. Lo tomó, lo abrió y leyó:
«A nosotros también nos gustan los alfajores»
Gaspar, Melchor y los camellos

Ediciones ROSGAL – 1994

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