Juanita Garmendia

Como escribiera Fernán Silva Valdés:

“El canto de los pájaros le pone fecha al tiempo.
Se inicia un fresco ruido de hojas en los árboles
Y el contrapunto de los gallos
a lo ancho del pago”.
1

Así amanecía por aquellas tierras de nuestro Uruguay. En Piedras de Molle y en los campos que rodeaban al pueblo, el sol empezaba a calentar suavemente. Era octubre por entonces.

Juanita Garmendia abrió la puerta de la casa principal de la estancia para ver por qué ladraban tanto los perros en la serenidad temprana y habían salido corriendo hacia la portera, por el camino principal.

“¿Quién viene a estas horas?”, pensó, mientras escuchaba a lo lejos el motor de un auto. “¡Ay, Dios!, que no sean malas noticias”.

El capataz silbó a los perros y los siguió al galope en el Manco, rumbo a la entrada. Enseguida reconoció el auto de la comisaría del pueblo y gritó

–¡Caburé! ¡Timbó! ¡China!

Volvió a silbar y los perros se arremolinaron en torno al overo del capataz.

El agente Barbosa frenó el auto, bajó y se acercó a la portera.

–¡Atajame los perros, desgraciao! –le gritó familiarmente a don Lucio, el capataz.

–¡Te los v ​ iá​ largar, negro piojoso! –fue la respuesta.

Ambos se rieron con ganas y la chanza hubiera continuado de no haber bajado del auto el comisario Amavilio Sosa.

–Abran la portera, che. Proceda, Barbosa. ¿Nos van a tener esperando todo el día?

–No, mi comisario – respondió el agente haciendo una breve venia. Y agregó mirando al capataz

–¡Atajame los perros, malandro!

–Le aviso a doña Juanita que llegaron –dijo Lucio sujetando al Manco que estaba nervioso y giraba entre los perros que no dejaban de ladrar.

–Dígale que venimos con el Padre Ambrosio. ¡Vaya y llévese los perros! Y me aguanta esas fieras cuando bajemos. Vaya de una vez, Bentos –ordenó firmemente el comisario al capataz.

Barbosa abrió la portera, entró al auto, pasó la entrada y esperó, con el motor encendido, a que el comisario la cerrara y subiera al vehículo.

Ingresaron al casco de la estancia, y al llegar a la casa principal vieron que Juanita estaba esperándolos, arropándose bajo un chal de lana.

Los visitantes bajaron del auto policial y se acercaron.

Juanita Garmendia fue la primera en hablar, aún con cierto temor por la noticias que pudieran traer los recién llegados.

–Bienvenidos. ¡No sabía que vendrían! Habría hecho preparar unas empanadas o unas tortas… Pasen que acá afuera está muy fresco.

–Descanse, Barbosa. Vaya nomás a tomarse unos amargos –dijo el comisario Sosa.

–Deben estar casi todos en la cocina. Dígale, por favor, a Delicia que haga unas tortitas fritas y ponga agua a calentar – dijo Juanita dirigiéndose a Barbosa.

–Cómo no, señora Juanita. Permiso –respondió el agente y se retiró.

–Qué alegría, Padre. No sabía que andaba por acá. Lo hacía en Montevideo. Pasen, pasen. Pase, comisario. Vamos adentro –dijo Juanita sonriendo suavemente.

–Gracias –respondieron casi al unísono, Sosa y el Padre Ambrosio.

Ingresaron en la sala de la casa. Con los postigones abiertos, los altos
ventanales permitían ver el campo inmenso hacia cada punto cardinal; los que daban al oeste eran más angostos y flanqueaban una pesada puerta de madera que comunicaba con el porche cubierto por un generoso y sólido alero. La sala era una habitación muy amplia, con una gran estufa de leña que ya estaba encendida y con buen fuego. Unos sillones de cuero ocupaban un lugar de privilegio cercano a la estufa y a sus pies, un par de alfombras rústicas de cuero ovino. Cerca de uno de los ventanales había una mesa pequeña con un butacón a cada lado y una biblioteca que atesoraba ejemplares, la mayoría, de vetustos clásicos. Cerca, un piano de media cola cerrado y su correspondiente banqueta. En la pared opuesta, sobre una mesita de estilo francés, se levantaba un conjunto de fotografías familiares de diferentes tamaños y diseños diversos; dentro de rectángulos, óvalos y cuadrados, en marcos dorados o plateados, lisos o repujados, podían verse retratos de hombres y mujeres, algunos jóvenes, otros ancianos, varios niños, unos solos, otros en parejas, de pie o sentados. Por encima de aquella colección, colgaba un espejo con un imponente marco rococó. En la pared sobre la estufa, dos cuadros al óleo dominaban el alto espacio de piedra a la vista, uno de don Manuel Oribe y otro de Aparicio Saravia. Una bandera del Partido Nacional cayendo en diagonal y en ordenados pliegues, no hacía más que corroborar la filiación política del dueño de la estancia.

Un arco, también de piedra, abría el pasaje del estar hacia el comedor, centrado por una mesa y sillas para una docena de comensales, cubierta con un enorme mantel blanco que lucía, al centro, el monograma de la familia bordado en seda. El comedor también contaba con otra estufa de leña, ya también encendida, de menor tamaño que la principal.

–Tengo la casa calentita para que cuando traiga a papá no sienta frío. Todavía no se levantaron. Bueno, mamá ya no se levanta de la cama. No quiere caminar y a veces se olvida de las cosas. Me confunde con mi hermana y a veces con mi abuela. Tiene muchos ratos en que está como dormida o adormecida. A ella ya le di el desayuno. Tengo que ayudarla en todo. Está muy viejita. No sé… Ay, disculpen la charla. No los dejé hablar ni les pregunté el motivo de la visita. ¿Gustan sentarse frente a la estufa grande? Tomen asiento. Ya vengo; voy a ver en qué anda Delicia con la cocina.

Juanita salió por un pasillo y se perdió su voz en el corredor mientras llamaba a Delicia, la cocinera, y a Lisandra, hija de Delicia que ayudaba a Juanita en el cuidado de don Oribe Garmendia y de la señora María, esposa de don Oribe y madre de Juanita.

El comisario Sosa bajó la mirada y permaneció en silencio. El Padre Ambrosio tenía el semblante serio y triste.–Tengo la casa calentita para que cuando traiga a papá no sienta frío. Todavía no se levantaron. B

–Venga, don Sosa. Vamos a sentarnos frente a la estufa como nos dijo Juanita –dijo el sacerdote y ambos se dirigieron en silencio hacia los sillones.

Se sentaron y permanecieron algunos minutos en el más absoluto silencio que solo quebraba algún suave crujido de la madera encendida. Ambos miraban el fuego como si esperaran algún tipo de revelación o de respuesta. Ninguno quería comentar lo que estaba pensando. Fue el comisario quien habló en primer lugar

–Antes venía el Lolo casi todos los días a traerle cosas, a llevar el correo, pero desde que el Lolo se fue… Se lo extraña. Era… es tan buenazo. Se fue a Montevideo cuando falleció la esposa. Estuvo bien en ir a buscar algo mejor que acá en el pueblo. En cuanto me jubile, nos vamos con mi señora a la ciudad, ya conseguimos una casita cerca de los hijos.

–¿Y su hija, María del Huerto? ¿Ya no viene más por el pueblo?- preguntó el sacerdote. –La última vez que la vi, creo que fue hace años, cuando la fiesta de despedida del director de la escuela, Don Bautista. Eran otros tiempos. Don Bautista se radicó en Buenos Aires. Sigue allá. Nos carteamos bastante a menudo. Siempre me invita a que vaya a su casa. Algún día iré a discutir de política –agregó con una tenue, melancólica tal vez, sonrisa.

Se hizo una pausa en la conversación.

–Uhhh… Pasa el tiempo. Marita, María del Huerto, viene a veces. Pero está bien, muy bien. Es maestra hace tiempo, allá, en la capital. Se casó con un buen muchacho, un militar de carrera. Muy serio. Andan bien. El problema es que a los militares los mueven de cuartel y están con temor de que lo manden lejos, a otro departamento.

Se escucharon pasos que se acercaban. Era Juanita con Delicia que cargaba una gran bandeja con tortas fritas, mate, tazas, una jarra con aromático y humeante café y una calderita con agua. Detrás venía Lisandra empujando la silla de ruedas en la que trasladaban a don Oribe.

Los dos hombres se pusieron de pie al ver llegar al dueño de casa y a las mujeres.

–Tomen asiento, por favor –dijo Juanita. –Mientras Delicia y Lisandra acomodan las cosas, papá se sienta cerca del fuego y yo me traigo esta que me queda cómoda.

Juanita acercó a la reunión una butaca rústica cubierta con una gran cojinillo blanco.

Don Oribe, sentado en la silla de ruedas, con las piernas tapadas por una gruesa manta de lana, permanecía serio y en silencio, un brazo inmóvil reposaba en el regazo y en la otra mano sostenía un pañuelo blanco con el que cada tanto se secaba las comisuras de los labios. Era una sombra apenas, un espectro de lo que había sido en vida.

Juanita habló en voz bien alta

–Vinieron a vernos, el Padre Ambrosio y don Sosa, el comisario.

–Sí, claro. Los veo –respondió don Oribe. –¿Le dijiste a tu madre?

–Sí, papá. Pero hoy no se siente bien y se va a quedar en la cama. Le pedí al Padre Ambrosio que luego vaya a verla para rezar juntos.

Mientras decía esto miró al sacerdote buscando su aprobación. El cura sonrió, asintió con la cabeza y con voz fuerte acotó

–Así será, don Oribe.

–Tal vez…, si no es molestia…, nos oficie una misa en la capilla. Me cuesta moverme… Hace tanto que no vamos a misa… allá en el pueblo. ¿Cómo está la Iglesia?

–Don Oribe hablaba lentamente y con cierta dificultad

–Muy linda, como siempre, bien cuidada. Ayer, cuando llegué encontré todo arreglado y hasta me habían dejado pronta mi habitación.

El Padre recordaba la soledad y el frío encerrado en su dormitorio, el olor a incienso y el aroma de los paquetitos de lavanda que alguien había dejado sobre su cama. Todo demasiado solitario, ordenado y silencioso. Todo, hasta en la nave principal, con sus bancos simétricos, limpios y sin un alma meditando o rezando. La Iglesia de Nuestra Señora Agradecida se iba quedando sola. Pero evitó manifestar esos comentarios.

–¿Se queda con nosotros, no? –preguntó don Oribe y agregó con toda la fuerza que le permitía su estado –¡Lisandra, andá a decirle a la Elda que le arregle el cuarto de huéspedes al Padre Ambrosio y le lleve la jofaina y una buena jarra de agua buena!

–No te agites, papá. Yo me encargo de todo. Mientras tanto vamos a comer unas tortitas, que están calentitas. Vayan, Delicia. Yo los atiendo. Vayan haciendo una buena sopa y unas chuletas con unas ricas papas y boniatos para el almuerzo. Ah… y zapallo en almíbar que tenemos pronto, ¿o prefieren crema con azúcar quemada? con un licorcito para el postre. ¿Les gusta, no? Algo sencillo pero bien rico.

–Yo no sé si debería… – comenzó el comisario

–No se haga rogar, Sosa… No lo voy a obligar a ir a misa ni a comulgar… Solo lo invito a comer. Después haga lo que quiera con sus pecados –dijo don Oribe ensayando una risa.

Todos rieron con la ocurrencia y a partir de ese momento el ambiente se distendió.
Elogiaron las tortas fritas y el café, el mate recién hecho y la yerba con poco palo… Luego
apareció Delicia con el pan casero recién hecho y el dulce de guayaba que a ella “le queda riquísimo”.

Al terminar, Juanita le pidió al Padre Ambrosio que la acompañara a ver a su mamá. El comisario Sosa y don Oribe fueron a conversar al porche. El día se prestaba para estar afuera. No había casi viento. Hablaron de las esperadas lluvias, porque el campo necesitaba agua, de ovejas y caballos, de los ladrones y los contrabandistas. A don Oribe le hacía bien tener con quien conversar. Se lo notaba más animado.

El hijo más chico de Delicia, al que llamaban Fito, un muchachito de unos catorce años, callado y algo tímido, agregó leña en las estufas, mientras el sol subía hacia el mediodía de octubre.

El almuerzo transcurrió sin apuro en una mesa preciosamente arreglada, cubierta por un mantel bordado con hilos de seda que dibujaban delicadas flores violetas, lilas y azules y vainillado primorosamente en los bordes, por las hábiles manos de Juanita, que se veía feliz y entusiasmada con la visita. Toda la vajilla relucía. Las copas, las jarras con agua y con vino casero, que les había traído a los Garmendia un amigo de Canelones, destellaban con algún inquieto rayo de sol. Por un rato hubo mucha luz en aquella reunión y afuera quedaron enfermedades y pesares. Solo hubo comentarios amables y rostros sonrientes.

Luego llegó la obligada siesta para don Oribe, que estaba tan feliz como agotado pero que, pese a ello, no dejó de dar órdenes y directivas para todos, incluida Lisandra que respondía a sus demandas con una dulzura y un respeto inmensos. La joven lo había ayudado pacientemente a comer y lo aprontaba ahora para abandonar la mesa y llevarlo a su habitación.

–Con su permiso, me retiro a descansar un rato los huesos –dijo don Oribe.

Lisandra desapareció lentamente por el pasillo llevando la silla de ruedas de su patrón.

–Muchas gracias por todo, señora Juanita. Es usted muy buena pero…, si me permite un consejo, con todo respeto –dijo el comisario –, no se quede siempre en la estancia.

–Gracias don Sosa –respondió Juanita. –Pero nunca estoy sola, siempre están los empleados. Ellos son una gran ayuda, imagínese. Y ahora que el Padre Ambrosio se queda unos días…

–Me voy entonces, y me llevo al malentretenido de Barbosa que debe estar a los cuentos con los peones, en la cocina o vaya a saber dónde. Si me entero que estuvo molestando a las mujeres, lo meto preso a rigor.

Juanita y Ambrosio rieron.

–Que el Barbosa es muy atrevido y mal hablado; se va de boca a veces. Lo tengo que tener corto de rienda si no… –agregó muy serio el comisario.

–Deje Sosa, que le pido a Fito que lo busque y le diga a Barbosa que se van.

Juanita salió por la puerta principal y llamó con voz clara a Fito, reiteradas veces.

Sosa y Ambrosio quedaron solos. Mientras caminaban hacia la puerta y luego de darse la mano, Sosa dijo

–Avíseme con alguno de los peones cuándo volvemos a buscarlo.

–Espero quedarme dos o tres días, no más, supongo. Mañana tempranito la misa, acá en la capilla y después…

–¡Nos vamos de paseo a la laguna! – intervino jovialmente Juanita, que ya estaba de regreso. –Le pido a Bentos el charré de paseo para ir más cómodos y que al mediodía nos esperen con un rico cordero.

El Padre Ambrosio veía otra vez a la Juanita que él había conocido, la niña alegre que saludaba teatralmente, con un pañuelito blanco, subida a uno de los palos de la portera de la estancia, cuando se iban las visitas. La niña toda dulzura, la de los ojos sonrientes y el cabello castaño, apenas atado con una cinta celeste, que volaba al viento como su cabello, la que paseaba del brazo con su hermana mayor, María Mercedes. Luego el destino había movido las piezas y María Mercedes se había casado; del matrimonio había nacido Raymundo y luego Antonia Inocencia. María Mercedes había fallecido en el parto de la niña y Juanita, que había quedado viuda a poco de casarse, había criado a Raymundo como si fuera un hijo propio, hasta que por otra jugada del destino, Raymundo se había quedado a vivir con su padre en Montevideo y luego, muy jovencito, se había mudado a Buenos Aires a vivir otra vida. ¿Qué habría pasado si por fatalidad o fortuna no hubiera ocurrido que él, Ambrosio Delgado Pinares, se ordenara sacerdote? A Juanita la vida la había desafiado varias veces pero no había logrado apagar su bondad, su ternura ni su belleza, a pesar de los infortunios y del paso de los años. Él no había perdido nunca su fe ni renegado o traicionado sus votos.

–¿Vamos caminando hasta la portera como cuando éramos chicos y despedíamos a las visitas? Capaz que llegamos antes que el coche policial. Sosa debe estar buscando al agente Barbosa o se quedó conversando con Bentos o quién sabe –dijo Juanita. Y mirando al cura con una sonrisa, lo tomó del brazo y se encaminaron hacia la entrada de la estancia.

La tarde estaba preciosa, el campo tan verde, tapizado de tréboles y yuyos en flor, el cielo tan azul, la brisa fresca y agradable, cantos de pájaros, algún balido lejano y el aroma de la tierra renaciendo en primavera.

Tal vez, nunca se sabe cómo ni cuándo, el misterioso hado decida, de manera impredecible, y a veces incomprensible para los humanos, volver a mover algunos hilos.

1 Poema: “Amanecer” – Publicado en “Antología” Página 56

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