En Piedras de Molle

Piedras de Molle era un pueblo generoso.

El Lolo Martínez vendía dentaduras postizas que conseguía en la empresa de pompas fúnebres de López y Lespera. Todos sabíamos que el Lolo recogía las dentaduras de los fallecidos que eran atendidos por el hijo de López, Lopecito. Lopecito era de la nueva generación y decía que sabía que los muertos no protestan ni regresan a reclamar las dentaduras porque en el Más Allá parece que no las necesitan. “Dios les da nuevos dientes”, decía Lopecito y le entregaba al Lolo Martínez las dentaduras limpitas. Bueno, eso de limpitas era un poco relativo, sequitas, sí. El Lolo las metía en lejía que hacía el Dr. Cancela que cada tanto iba en tren a Montevideo y traía los ingredientes para hacer la famosa “lejía de Cancela” que se vendía incluso en el poblado de Grutas del Molle , a unos 20 o 30 km de Piedras de Molle.

Pero no era Piedras de Molle generoso solo por eso.

El Lolo Martínez tenía un negocio de mercería, artículos escolares, venta del diario “Hora de Molle” y venta y canje de libros y revistas. Y, claro, la venta de dentaduras usadas que guardaba en un cajón forrado de papel de diario, bajo el mostrador de madera.

Decía Dulce Margarita Mañana de Martínez, su mujer, que el olor de la tinta del papel de diario espantaba todo bicho. Se persignaba cada vez que su marido abría el cajón o lo sacaba para mostrar a los clientes la mercadería dentaria.

El Lolo era un tipo confiable, amable y gran vendedor de postizos. Dentaduras completas de abajo o de arriba, pares de muelas con enganches de metal, tríos y cuartetos con puentes metálicos, incisivos (de arriba o de abajo). En fin, a lo largo de los años, el Lolo había logrado un gran stock y la variedad era grande. Con el tiempo algunas falsas encías se quebraban, los falsos paladares se agrietaban, algunos dientes amarilleaban. No todos los materiales de fabricación y genéticos eran buenos.

“Y ya no los hacen como antes”, comentaba el Lolo a los clientes y narraba alguna anécdota macabramente graciosa de cocineras que perdían la dentadura en la olla hirviente del guiso criollo. Contaba al detalle, con gran imaginación y con mucha gracia que las encías se derretían en el líquido caliente pero los dientes, no. “Y los comensales decían, ¡qué granos de choclo más duros!” El Lolo cerraba el cuento con una sonora carcajada a la que no siempre se sumaban los clientes.

Algunas personas venían de lejos a comprar dentaduras a lo del Lolo. El Lolo era buen vendedor, como se sabe. Tenía un “apartado” para esos clientes especiales, al costado del mostrador donde había puesto un biombo que le había dado el Dr. Cancela, veterano médico del pueblo, cuando le puso puerta al consultorio y sacó el biombo. No era nada especial ni especialmente bonito pero como había sido del consultorio y todos los conocían, al biombo y al médico, le daba un toque de profesionalismo al negocio del Lolo.

El Lolo permitía probar la mercadería a los posibles compradores y para eso era necesario un poco de privacidad. El Lolo tenía el biombo siempre abierto, ocultando una silla pequeña y un dressoir antiguo, estilo francés, que le había comprado por poca plata a Doña Rosa Quintana, dueña y regidora de la “casa de huéspedes” de Piedras de Molle y aledaños. La “Casa de Rosa” tenía mucha fama de buena atención, discreción y prolijidad. No faltaba el espejo colgado en la pared que don Conrado Céspedes, dueño de la estancia “Bajos del Molle”, le había dado en pago por los postizos de Elcira, la cocinera de la casa de los Céspedes. Al espacio “probador” no le faltaba nada y luz tenía la de una lamparilla eléctrica que colgaba del techo. Pues bien, el Lolo había logrado un lugar adecuado y espacio de atención personalizada, que es mucho decir para aquellos años.

Cuando aparecían pacientes en la consulta del Dr. Armando Quijada, nombre curioso para el dentista del lugar -broma ácida del padre de Armando, también dentista de nombre Ánimo Quijada-, y le decían “completa”, el Dr. Quijada (hijo) sabía que el Lolo tenía clientes. Completa significaba que desaparecerían todos los dientes de varias encías y luego varias dentaduras completas serían probadas en lo del Lolo y la que “calzara bien” se iría con nuevo dueño.

Venido de Europa con la familia de inmigrantes, el tío de Armando Quijada, don Entero Quijada, tenía la barbería al lado del consultorio de su sobrino, el dentista. En la vidriera amarilleaban resecas algunas láminas de cortes varoniles, había “tuppés” sobre cabezas de maniquí y un pequeño letrero de cartón gris, escrito con tinta azul que rezaba: “Cortes modernos para caballeros”.

Cliente del Lolo había sido don Enrique Rufino Henríquez, escritor y poeta afincado en el pueblo desde hacía más de ¿cincuenta? años. Tal vez. Desde que los más jóvenes tienen memoria, don Enrique R. Henríquez leía su “Alabanza a la Patria” cada 25 de agosto en la Plaza Artigas de Piedras de Molle, en el petrificado y estricto silencio de los escolares formados frente a la tarima y algunas toses y estornudos de los ciudadanos, porque en pleno agosto, el invierno en Piedras de Molle helaba hasta los huesos.

Enrique Henríquez sostenía sesudas discusiones con el Director de la Escuela No. 1 de 2o. grado, José Pedro Varela. José Pedro Varela era el nombre de la escuela, el Director se llamaba don Juan Bautista Pedernal. Pedernal era Maestro Director, articulista en “Hora de Molle”, jefe político de la zona y enemigo intelectual del cura párroco de la Iglesia del pueblo, “Nuestra Señora Agradecida”; para los lugareños la Iglesia de Molles.

El cura, Monseñor Ambrosio Delgado Pinares , era un hombre alto y flaco, que atravesaba la plaza desde la Casa Parroquial para ir a la “Confitería Molles de Oro” a tomar el té con leche al atardecer de cada día, en una hora que variaba desde las cinco de la tarde en invierno y las siete o siete y media en verano cuando el sol menguaba su furia ardiente.

La familia Canale era la dueña de la confitería y era tradición en el pueblo que en las Pascuas regalara un delicioso bombón a todo el que pasaba frente sus puertas. Una muestra de la generosidad que brotaba en el pueblo.

Piedras de Molle era un pueblo generoso en muchos aspectos. Cerca y ya saliendo del pueblo, tenía una laguna: Piedras de Molle, más conocida por Laguna Molles. El lugar estaba casi en medio de una zona rocosa en la base del monte de la India o de la China Curandera o del Curandero, según fuera el relato. Precioso lugar. La sombra fresca de los molles lo hacía ideal para las reuniones a la orilla de la laguna durante los calurosos días del verano. En invierno también, aunque la sombra y los árboles altos lo hacían un poco sombrío, lúgubre y lleno de leyendas oscuras de ahogados y jóvenes desaparecidas, de la Vieja del Monte que bajaba a llevarse hojas y semillas y cáscaras de madera de los molles para preparar tisanas y ungüentos.

Cuentan que esos parajes fueron testigos de varios encontronazos, entreveros y escaramuzas entre blancos y colorados. En esos tiempos era peligroso ir a la laguna. Algunos gauchos y soldados, a veces indios, se separaban de las tropas porque estaban heridos o cansados, hambrientos y sucios y se quedaban a disfrutar de la generosidad del lugar.

Una leyenda de las más lindas y románticas cuenta que una moza se perdió en el monte de Molles y encontró la tapera de la vieja Iracé, o Iracema para algunos. La moza era joven, se llamaba Amalia. Era tan bonita como rebelde. Un día conoció a un gaucho joven que había quedado malherido después de un enfrentamiento en el monte. El gaucho había llegado hasta la casa de Amalia pidiendo refugio y comida pero el padre de Amalia lo echó de inmediato porque temía que vinieran contrarios al bando del gaucho joven y los mataran a todos. Esos tiempos eran así. Entonces el gaucho, herido y casi sin fuerzas se subió a su caballo y dejando un reguero de sangre se dirigió al monte. Amalia lo siguió en contra de la voluntad de sus padres. Podemos imaginar lo que pasó luego: Iracé, la bruja, encontró al gaucho, lo alivió y curó con bálsamos y cocidos de molle, de sus hojas, sus frutos y madera. Luego llegó la moza y se concretó la historia de amor ¿y muerte tal vez? Bueno, según quién lo cuente. Por lo tanto como todo pueblo, poblado y comarca que se precie, Piedras de Molle tenía su leyenda.

Barbería y peluquería, consultorios médico y dental y venta de prótesis (dentaduras y dientes postizos), iglesia, prostíbulo, escuela, biblioteca, confitería, mercería y quiosco, laguna con monte y bruja. Casi completo el cuadro, si se cuenta la Comisaría bajo el mando firme del Comisario Amavilio Sosa y el Teatro Garmendia, antes galpón para lana de la estancia Garmendia.

La “comisería”, como decían algunos, era igual a cualquiera de cualquier otro pueblo en suelo patrio: bandera nacional, escudo, puertas altas de madera, ventanas a ambos lados. El local contaba además con el eficiente cuidado del Comisario Sosa y dos agentes.

El “Teatro Garmendia” era el orgullo del pueblo. Gracias a la generosidad de los Garmendia el galpón había dejado de guardar lana para abrigar a los espectadores que iban a disfrutar de alguna obra teatral o algún sainete que presentaban las compañías, o festejar y reírse cuando un circo pasara por aquella zona. Con el tiempo o mejor dicho por el tiempo, un frío bravísimo en invierno y un calor de infierno en verano, el Teatro era lugar ideal para las celebraciones de las Fiestas Patrias y la fiesta escolar de fin de año, ocasión en que la sala se llenaba prácticamente con todos los habitantes del pueblo.

Luego llegó el cine. Todo el mundo iba al “biógrafo” para disfrutar de alguna “cinta”. Las películas llegaban al “Cine Teatro Garmendia” con varios años de retraso y nunca en excelentes condiciones. Pero hubo cine. Y en 1963 el pueblo de Molle pudo disfrutar de “Alta sociedad”, con inolvidables canciones en la voz de Bing Crosby la belleza rubia y elegantísima de Grace Kelly.

Sí, señor. Piedras de Molle fue un pueblo generoso que olvidaba de tanto en tanto que las guerras mundiales habían terminado y que se vivía en otro Uruguay. Allí la vida transcurría hasta extinguirse suavemente.

Así se fue todo el pueblo, suave y lentamente. En silencio. Sin estridencias ni demoliciones. Sin catástrofes naturales, ni guerras, ni guerrillas, ni epidemias, ni invasiones. Primero fue la retirada de los más jóvenes y luego, por las leyes de la vida, se fueron yendo los viejos.
Cuentan que en Montevideo ni se enteraron del proceso de inexistencia del pueblo. Nunca pasó por allí el censo de población y el correo se recogía en la capital del Departamento.

En el archivo de autores nacionales no figura el ilustre Enrique Rufino Henríquez porque nunca registró su obra y porque una vez afincado Piedras de Molle, nunca viajó, ni él ni sus escritos, más allá del caserío aislado a la salida del poblado.

Y aunque la Escuela No. 1 de Piedras de Molle fue pública, gratuita y obligatoria desde su inauguración, nunca fueron a visitarla las autoridades de la educación. De la Plaza Artigas solo queda el lugar vacío, no hay bancos, ni fuente, ni busto de don José. Alguien, o quién sabe quiénes y cuándo, se llevó los escudos patrios de los edificios públicos.

La Laguna Molles nunca tuvo un cartel de identificación ni un acceso señalado para los visitantes; se entraba por los senderos naturales marcados por el paso de los visitantes. Sin visitas ni “entreveros” de guerra, sin enamorados tomados de la mano a la luz de la Luna, sin niños jugando en las orillas o trepando a las ramas, los molles se reprodujeron solitarios y el monte se hizo denso. La memoria del paseo a la Laguna se perdió; solo quedó un molledal pintoresco al borde un espejo de agua natural, sin nombre y sin leyenda para contar a los más jóvenes.

El camino principal del pueblo se fue borrando con las lluvias, las sequías y la falta de tránsito.

Piedras de Molle fue generoso con el pueblo y ahí está todavía, esperando la llegada del telégrafo, la radio y la televisión. Y por cierto, de la gente.

¿Del Lolo? Un día, viudo ya, se fue del pueblo con su cajón de dentaduras rumbo a la Capital, dicen. Algunos cuentan que hizo buen dinero porque vendió las piezas a un coleccionista francés o alemán, un europeo era, al que convenció de que los dientes y muelas eran de soldados caídos en la famosa, sangrienta y heroica Batalla de Molles ocurrida durante las luchas por la independencia.

Sí, señor. Piedras de Molle era un pueblo generoso. Aunque no esté en el mapa.

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