Un amigo te espera

Este relato lo escribí en 1994 para la editorial Rosgal. Lo hice pensando en las generaciones de niños que fuimos y los que conocí como alumnos hasta mediados de los 80 del siglo XX. Esa es la escuela que recuerdo. Esa es la escuela y la gente que recuerdo por esos años.
Hasta entonces…

Esa noche durmió por primera vez en la nueva casa.

Soñó que estaba en la otra casa, después soñó que se perdía en un barrio raro y oía ladrar a los perros.

Cuando se despertó oyó que sí ladraban unos perros en la calle, lejos y se encontró en un cuarto extraño lleno de cajas y valijas, una radio sobre la cómoda y unas repisas de metal apoyadas contra una pared. Sintió otra vez ese olor de la pintura nueva.

– ¡Buenos días! -dijo mamá.- Por fin estamos acá. Levantate que hay muchas cosas que hacer.

Ese domingo también fue distinto. Pablo quería ayudar pero ¡era un lío!

Mamá trataba de poner orden en la cocina, papá clavaba algo a una pared, su hermano Martín se había ido a la puerta con la bicicleta y mamá le gritaba que no se fuera lejos.

Pablo tomó la leche y comió unas galletas sentado en una banqueta al lado de una mesita en el comedor.

– ¡Qué lindo! ¿No, Pablo? -le dijo papá que pasó de largo tocándole la cabeza. Pablo sonrió. Cerró los ojos y pensó en la otra casa, en su cuarto, en los juegos con sus amigos, en su escuela. ¡La escuela…!

Al día siguiente le costó levantarse.

No tenía ganas de comer, le dolía el estómago, se peleó dos veces con Martín por la mejor bolita que había tenido, una bolita azul que se le había perdido hacía tiempo. Al final mamá terminó rezongándolos a los dos.

– ¡Lindo momento para pelear! Van a llegar a la escuela nueva como dos foraji­dos.-

Pablo nunca había sabido bien qué eran forajidos pero ganas de ir a la escuela nueva no tenía y cada vez que lo pensaba le venía una cosa rara en el estómago.

Peinaditos y con los championes limpios subieron cuatro escalones gastados, pasaron una puerta y entraron.

Había chiquilines por todos lados. Unas nenas jugaban a saltar a la cuerda en un patio abierto y sin árboles.

Había olor de escuela. ¡Era una escuela! A Pablo le parecía que el corazón le saltaba dentro del pecho cuando mamá le dio unos papeles a una señora de túnica que parecía la Directora.

Pablo miró a Martín que tampoco se había movido del lugar y despacito le tomó la mano.

La señora de túnica los miró, les sonrió, dijo algo a la mamá y la hizo pasar al escritorio.

Pablo tenía ganas de correr, de ir con mamá, de llorar, de reírse. El corazón seguía a todo trote, le transpiraban las manos… pero no se movió.

– ¿Ustedes son nuevos? -preguntó alguien detrás de ellos.- ¡Ché! -y ese alguien le tocó la espalda a Martín que se dió vuelta tan rápido que casi se soltó de la mano de Pablo.

Se miraron.

– Me llamo Damián, estoy en 5ºA, soy CRUZ ROJA ¿ves? ¿vos vas a 5º?

– Sí -contestó Martín- soy nuevo. Nos mudamos ayer.

– Ojalá te toque conmigo. ¡Chau! -Damián se despidió y cruzó el patio abierto. Sonó el timbre.

A Pablo se le hizo un nudo en la garganta.

Algunos chiquilines entraron corriendo de la calle, otros se metieron en los salones; una nena pelirroja les sacó la lengua.

Otras filas se hicieron en el patio de afuera y luego se perdieron en corredores y escaleras.

Por fin… silencio.

Martín y Pablo estaban solos en aquel lugar enorme.

El planeta Tierra los miraba desde un cartel pinchado en espuma plast. Decía una leyenda: «La tierra es azul».

Pablo lo observó, le recordaba a su bolita perdida.

– ¿Ustedes son los ingresos? -preguntó Zulma a la vez que dejaba la escoba apo­yada en la pared. Luego cerró la puerta de entrada a la Escuela.

– Sí -contestó Martín.

Pablo no contestó nada porque no sabía si era eso.

– Vengan acá, cerca de la Secretaría -y Zulma los arrimó a la puerta del escritorio donde estaba mamá que ya salía con la señora de túnica que parecía la Directora.

– …sí, como no, quédese tranquila. Hasta luego. -dijo la señora que parecía la Directora.

Mamá los besó y les dijo. – Pórtense bien. Luego vengo a buscarlos.

Martín va con Estela -dijo la señora de túnica que parecía la Directora diri­giéndose a Zulma- Llévelo Zulma, por favor. Martín, estás en 5ºC. Soy Ana María, la Secretaria.

Martín se soltó de la mano de Pablo y sin despedirse de él siguió a Zulma escaleras arriba.

A Pablo se le llenaron los ojos de lágrimas y bajó la cabeza.

Ana María lo tomó del mentón con su mano para mirarlo, le sonrió, se metió la mano en el bolsillo de la túnica, la sacó cerrada y mientras la abría, mos­trando una bolita de vidrio de un azul profundo, brillante, con destellos dorados le dijo

– Es tuya. Te estaba esperando.

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