Hilario Bastida

–Don Hilario Bastida había vivido en Buenos Aires pero por alguna razón que nunca me comentó, ni yo pregunté, había pasado por Montevideo y después se había radicado en Piedras de Molle.

Melisa Ortiguera y Américo Fernández, fotógrafo de profesión él, se habían sentado a la misma mesa del bar montevideano en donde se reunían semana a semana para contar y comentar anécdotas del pueblo.

Mientras esperaban por Manuel “el Lolo” Martínez, Américo hablaba del diario del pueblo, “Hora de Molle” , y de cómo había sido recibido por don Hilario Bastida.

–Yo le contaba en otra oportunidad, que don Hilario era muy generoso, como fue siempre generoso el pueblo mismo de Piedras de Molle.

–Sí, don Américo, la vez anterior me contó cómo había llegado al pueblo en respuesta a un aviso pidiendo fotógrafo para un diario del interior.

–Y ahí llegué con mi Agfa, que me había regalado mi padrino; mi madre era sola y yo también. Fui el hijo único de una mujer trabajadora y prolija. ¿Le conté que mi madre lavaba para afuera y hacía limpiezas?

Melisa negó suavemente con la cabeza.

Américo, con la mirada baja, hablaba para sí, tal vez leyendo recuerdos, buscando imágenes de una niñez lejana.

–Me quería mucho mi madre. Era muy exigente conmigo. A veces me mandaba a llevar la ropa limpia y bien doblada, cerrada en un atado de tela de sábana, a la casa de algún cliente. Como era chico y mi madre me había educado con buenos modales, siempre me ligaba alguna propina. “Gracias, nene”, me decía la señora que recibía la ropa. “Esto para tu mamá y esto para vos”. Yo iba a la escuela de mañana y ella, mi madre, salía a hacer limpiezas. Me parece sentir el olor de la plancha pasando por la ropa recién bajada de la azotea, mientras hacía los deberes, en la tarde. Ella planchaba y yo sentado a la mesa hacía los deberes. El olor de la sopa en invierno. La novela en la radio.

–La novela. Cuando dice así me acuerdo de mi abuela, siempre hablaba de la novela, el radioteatro de la tarde –comentó Melisa.

–Los dos siempre solos. A veces venía mi padrino, Esteban.

Melisa guardó silencio y lo dejó continuar.

–No tuve padre. Nunca le vi la cara. Ni una foto. Mi vieja no hablaba de mi padre. No supe hasta que crecí que Fernández era el apellido de mi madre. De grande entendí. Entendí algunas cosas que no, no tuvieron respuesta en su momento, por ejemplo por qué yo nunca iba a visitar a mi padrino. Él venía a casa, me llevaba a pasear, me compraba cosas, los útiles para la escuela, zapatos…, la cámara; mi primera cámara de fotos. Mi mamá nunca quería agarrarle la plata que le ofrecía mi padrino, pero él se la dejaba al lado de la frutera, en la mesa. Por eso aprendí que a veces es mejor no preguntar.

–Cuénteme del director del diario, Bastida. Me iba a contar algo.

–Ah, sí. Ya me fui por las ramas. Disculpe. Le cuento. El segundo apellido de don Hilario era un apellido alemán, o de por esos lados, que sonaba largo y fuerte, lleno de sonidos sin vocales. A lo mejor cuando venga el Lolo se acuerda; tiene mejor memoria que yo el veterano y si no, inventa.

–¿Y el diario, cómo era?

–Era como cualquier diario de acá pero más chico. Sobre la entrada el cartel: “Hora de Molle. Prensa cívica”. La puerta siempre abierta en horario de trabajo. Una oficinita que en la tarde venía una de las maestras de la escuela para atender el teléfono. Y como sonaba poco aprovechaba para corregir los deberes de los botijas de la clase. Escribía o leía. A veces pasaba algunas cartas a máquina. Corregía las notas para que salieran sin faltas de ortografía. Era macanuda la maestra. Si ella no podía, venía la hija, una linda muchacha.

–¿Y usted no la dragoneaba?

–¿A la muchacha? ¡No! Ella tenía un novio grandote, el doble de corpulento que yo. Venía a verla a veces. Era un paisano de la zona. Venía a caballo hasta el pueblo. Un tipo rústico pero bien educado, de buen pasar, bien puesto, pero fornido. Don Hilario no quería que visitara a la muchacha en hora de trabajo así que algunas veces venía en un charré, y si no en una camioneta Ford grande, de aquellas viejas, a buscarla a la salida, en la tarde, y se iban juntos.

–¿No pensó en casarse y quedarse en el pueblo, don Américo?

–No. Yo creía que me iba a quedar poco tiempo allá. Iba a hacer oficio, experiencia y seguir rumbo. Escribía algunas notas, pequeñas crónicas del pueblo. Don Hilario escribía las notas de fondo y tenía los editoriales de don Bautista Pedernal, el director de la escuela. Coloradazo el hombre. Un batllista de retórica encendida, convincente. Muy respetado por todos en el pueblo. Era un caudillo de ciudad. Los estancieros y la gente de campaña eran más bien nacionalistas, blancos. El diario se mantenía con avisos de remates, ventas, comercios de la zona y de la capital del departamento; hasta algunos avisos de Montevideo. Tenía muchos conocidos se ve. Pero don Hilario siempre tuvo algunos secretos bien guardados. El apellido alemán, o de no sé dónde, que nunca vi escrito en ninguna parte salvo una vez en un documento con un sello enorme en una esquina, que decía los dos nombres y los dos apellidos. Todo estaba escrito en otro idioma. Lo dejó a la vista y yo lo relojié. Lo guardó enseguida en el cartapacio grande de cuero verde que tenía sobre el escritorio.

–¿No sintió curiosidad? Yo me habría colado en la oficina, cuando no estaba Bastida, a mirar –dijo Melisa con su entusiasmo habitual que adoraba meter la nariz en donde tuviera oportunidad.

Américo Fernández la miró serio.

–No, señorita. A mí me enseñaron a no meterme donde no me llaman. Cada cual que guarde los secretos que considere mejor.

–¿Y si era un espía y recibía instrucciones o mandaba informes a Europa?

Américo se rió y movió la cabeza y los hombros como para descartar la idea. En el fondo él también había pensado alguna vez que don Hilario hablaba más acerca del presente del pueblo que sobre su propio pasado. Lo había visto algún domingo salir al campo con la escopeta, vestido a la europea, como en los cuadros de cacería.

–Si era un espía mandaba mensajes con palomas mensajeras porque no había radio en el pueblo y el telégrafo estaba en la capital del departamento –agregó Américo como para desechar la idea.

–De repente se reunía con alguien, con algún nazi, en el bosque o con algún espía ruso.

–Vio mucho biógrafo usted, Melisa.

A pesar de lo dicho, Américo recordó la colección de armas que don Hilario tenía en la habitación que oficiaba de estudio en su casa y que una vez, sin querer, había visto que dentro de uno de los cajones del escritorio, Bastida guardaba un revólver.

–Usted me dijo que Bastida lo había recibido con gran generosidad. ¿Vivió con don Hilario, Américo?

–No, no. En el diario había una piecita en el fondo que había servido, se ve que alguna vez, para que alguien viviera ahí. Tenía una cama con mesa de luz, un ropero, una mesa de madera y una silla. Una ventana de una hoja que daba a los fondos. Cruzando estaba la sala de impresión con un olor que siempre me gustó, desde chico. Tenía un baño pequeño con una banderola alta. La luz se prendía con una piola que colgaba de la lamparita del techo. En el cuarto no había luz de arriba, no tenía lámpara de techo, solo tenía la portátil en la mesa de luz. Yo la cambiaba de lugar, cuando escribía la ponía sobre la mesa y cuando iba a dormir, en la mesita de luz. Escribía de noche cuando no había nadie y me llevaba la Remington de la oficina de adelante. Don Hilario me pedía que sacara las fotos para la página de sociales y la sección deportes. Todo lo local o alguna cosa que pasara en la ciudad. Casamientos, reuniones de beneficio con lotería de cartones en la confitería de los Canale; las fotos de las fiestas de fin de año escolar, fotos y alguna nota si venía una compañía de teatro… ¡la inauguración del cine-teatro Garmendia! Cuando escribía alguna nota que a mí me parecía interesante, yo la firmaba con un seudónimo: Centinela. Lo veo a la distancia y me río. ¡Si todos sabían que el centinela era yo!

Américo hizo una pausa. Melisa sonreía callada.

–La casa de don Hilario Bastida era una de las más lindas del pueblo. Tenía un jardín muy bien cuidado a la entrada. La casa estaba muy bien mantenida por fuera y por dentro. Demasiada casa, pienso yo, para un hombre solo pero… Tenía dos empleadas, madre e hija. Dos italianas que hablaban un cocoliche difícil de entender. No salían nunca esas mujeres. Los pedidos los llevaba el Lolo hasta la puerta mismo de la casa.

–Cocoliche, esa palabra me recuerda a mi tío Salvador, que vivía en Buenos Aires; era amigo de un viejo zapatero italiano que tenía un taller de arreglo de zapatos, botines como decía mi abuelo, cerca de la casa de mis padres.

–Un zapatero remendón, como le decían –apuntó Américo.

Melisa continuó.

–Sí. Cuando yo era chica, mi tío Salvador venía y se quedaba en casa. Siempre le traía al tano unos tomatitos muy picantes que en Montevideo no se conseguían.

Américo se rió.

–Ajíes. Putaparió. Así se llamaban. Y si el scarpare era un italiano medio atravesado…

–Yo no entendía nada cuando me hablaba; era del sur de Italia, creo. Buenísimo y muy trabajador, pero cuando hablaba en ese italiano rarísimo, mezclado con español…

–Cocoliche; le decían así sobre todo los porteños. Y si su tío vivía en Buenos Aires era lógico.

Se hizo una pausa.

–Le voy a contar algo más de Bastida antes de que llegue el Lolo.

–Dígame.

–¿Sabe cuál fue el primer artículo que escribí? –preguntó Américo sin esperar respuesta. –El primero fue sobre el campeonato de bochas del club de bochas del pueblo. Lo habían fundado unos veteranos también venidos de Argentina. Eran un inglés y un italiano, justamente. Habían alquilado un galpón, que había sido para otra cosa antes, y ahí lo acomodaron y dejaron muy prolijo. Tenía una barra, unas mesas y dos canchas, ¡dos canchas! Un lujo asiático para el pueblo. Había torneo todos los fines de semana y después lo abrían todos los días. Los jubilados podían ir y echarse un partidito al mediodía o en la tarde. Usted vio que es bastante fácil hacer una cancha de bochas, se necesita un lugar con tierra bien afirmada, unas tablas para cerrar los costados y poco más, las bochas y los bochines, una pizarra. Pueblo tranquilo, juego tranquilo. Adentro, bajo techo o afuera a la sombra de los árboles. El italiano vivía al lado. Me contaron que la había conseguido, comprado, o yo qué se, la casita de al lado y la había dejado un chiche, preciosa.

El inglés era un tipo bastante alto, medio rubión, con cara de sopa sin sal pero, según contaban, un tigre para los negocios. Había comprado un campo de unos extranjeros, vascos creo, que se habían ido. Criaba ovejas como Garmendia, pero otras ovejas distintas, que había traído en barco desde la Patagonia. Dicen que tenía hacienda en Argentina, también. Se reunían en casa de don Hilario o en el club de bochas. ¿Le dije cómo se llamaba el club?

–No –respondió Melisa

–Cuor di Leone – Bochas social club. La gente del pueblo le decía Lo de Leone. El italiano no se llamaba Leone, pero todos creían que sí. Se llamaba Giuseppe Antognazzo. El inglés, medio estirado el tipo, se llamaba Lionel Cook, que don Hilario decía que era sir o lord. Los conozco bien por las fotos que les hice. Don Hilario jamás, pero jamás, fue a jugar a las bochas. Se reunían sí, en el club cuando estaba cerrado, o en el fondo o en la biblioteca de la casa de don Hilario. En las reuniones hablaban en inglés, fumaban y tomaban.

–Y yo les llevaba whisky que venía importado, primero a Buenos Aires y que yo les iba a buscar a Montevideo cuando llegaban las cajas –dijo el Lolo apareciendo de repente. –¿Cómo están? Disculpen la tardanza pero pasé por el club de los franchutes; están organizando un viaje a París para el año próximo, marzo o abril que allá es primavera. ¡Voy a conocer París! Uí, ye tem París. No pronuncio muy bien pero estoy aprendiendo. Mi señora es una reina. ¡Y me tiene una paciencia! Es un ángel mi Marilís, mi Marie-Lisette.

El Lolo se sentó a la mesa y suspiró.

–Pasa el tiempo Américo, eh. ¿Quién iba a decir que de rejuntar monedas para comer pude llegar hasta acá, ¡y hasta París!

Américo sonrió con real asombro. Luego comentó con simpatía

–Así que aquel que iba a la estación de ferrocarril a buscar revistas, diarios, juguetes…, el “siete oficios” de Piedras de Molle, se vino a Montevideo y de un salto, a París.

–La vida nos sorprende siempre, dice mi mamá –comentó Melisa.

–Le contaba a Melisa de las reuniones de Bastida con el inglés y el italiano del club de bochas. ¿Se acuerda, Lolo?

–No me voy a acordar… Yo ayudé a pintar el local, aprendí a jugar a las bochas y los domingos, cuando tenía cerrado el quiosco-almacén, iba a preparar alguna picadita para los veteranos que iban a jugar al mediodía. Les traje, y les vendí, caña, grapa, amarga, algún vino medio regularote que conseguía en la capital. Mi Dulce, mi señora de entonces, preparaba algún licorcito para la tarde, té, chocolate… Le traíamos alguna cosita dulce de la confitería de los Canale y hacíamos lotería de cartones con las señoras. El inglés tenía tazas de sobra en la casa y el italiano también, y platos. Ah… Era un lujo.

–Si la lotería de cartones era a beneficio yo iba a sacar fotos. Las señoras se emperifollaban porque sabían que las fotos aparecían en el Hora de Molle –agregó Américo –con nombre y todo. “A nuestra mesa sáquela bien linda”, me decían las vecinas.

–Y yo me acercaba y les decía unos piropos a todas y se quedaban contentísimas –añadió el Lolo con picardía. “¡Cómo es usted, Lolo!”, me rezongaban, pero se reían de mis dichos.

Melisa se imaginaba la escena. Hubiera querido estar allí.

–Los ganadores del torneo de bochas de la tarde posaban también para salir en el diario. A los hombres también les gustaba hacer pinta y salir en las fotos, sobre todo los más jóvenes. Se sentían orgullosos. Después me pedían copias para ellos y yo me ganaba unos pesos extra. Lo mismo las señoras, la mayoría encargaba copias. Las hacía yo mismo. Bastida tenía hecho un pequeño laboratorio en el diario para tenerlas lo más rápido posible. Había aprendido de jovencito. Mi padrino me había puesto en contacto con fotógrafos que me enseñaron. Pero eso ya se lo había contado, de cuando estaba en Montevideo. Si me permiten, ya vengo.

Américo se levantó de la mesa y salió rumbo al baño del bar.

Lolo posó suavemente su mano sobre la de Melisa.

–Le voy a contar dos cosas antes de que regrese el viejo. Tiene que prometerme que no se lo va a decir nunca –y enfatizó –nunca se lo va a contar a Américo. Yo lo quiero mucho. Es un tipo muy bueno pero le gana la tristeza a veces, ¿sabe?

Melisa asintió en silencio.

–Un día yo estaba en lo de don Hilario; había llevado unos pedidos y me había quedado paveando con las dos sirvientas de la casa, italianas hasta la médula, cuando tocaron a la puerta. Liboria, que era la madre de Filippa, se calló de inmediato, levantó las dos manos parándonos en seco y, abriendo mucho los ojos, exclamó por lo bajo “sta ‘zitto, va via”. Ella fue a abrir la puerta y yo me asomé sin que me vieran, a pesar de que Filippa me tironeaba de la camisa como loca. Era un hombre mayor, muy elegante, que yo nunca había visto por el pueblo. Don Hilario salió a saludarlo. “Esteban”, le dijo, “lo estaba esperando. Muy oportuno y puntual, como siempre. Quédese tranquilo, mandé a Américo a lo de Céspedes; está cubriendo un remate. No vuelve hasta la noche”. Después entraron a la biblioteca y cerraron la puerta. Filippa me miró y me dijo por lo bajo, “Americo è il figlio, credo”. Liboria le clavó la mirada a la hija y le bufó como toro que lo lleva el diablo, y a mí me sacó a empujones hasta la puerta. Yo no le di importancia pero siempre me quedó eso en la cabeza: “es el hijo, creo”. Nunca más las sirvientas me mencionaron el tema. Cada vez que quería preguntarles quedaban mudas. No le vaya a contar nunca esto que le dije. Pero, atando cabos…

Melisa pensó en lo dicho por don Américo, “a veces es mejor no preguntar”, y su curiosidad habitual pasó por alto este episodio para ir al otro punto que guardaba el Lolo todavía.

–Esta era una cosa –dijo Melisa. –¿Y la otra?

–Le digo ligerito: estamos pensando en la posibilidad de que el grupo de la Sociedad, de la Sociedad de Anecdotarios de la Memoria que usted visitó y conoció, viaje a París.

–Sí, lo contó al llegar.

–Lo que no le dije es que mi señora y yo, estamos procurando que Américo vaya con el grupo, como fotógrafo. Todo pago, eh. Total que un poco entre todos… Y nos queda el recuerdo de todo el viaje.

–¿Hablando mal de mí, Lolo? No lo puedo dejar solo un momento que ya está con algún cuento raro.

–Rara aquella vez de las ovejas del inglés. Había un inglés, un tal Cook, que se había traído las ovejas de la Argentina. Las cuidaba tanto pero tanto que me contaron que el día que se murió, lo estaban velando en la estancia cuando aparecieron las ovejitas, todas en fila y se llegaron en silencio respetuoso hasta la puerta. Dicen que la más viejita entró, se acercó al féretro, cayó primero de rodillas, después baló como llorando por última vez y cayó muerta en un suspiro.

Melisa se rió y después se cubrió la boca con una mano.

–Lolo, tómese el café. No le haga caso, Melisa. ¡Qué manera de inventar! Lo que debe contarle a los pobres franceses –dijo Américo llevándose la mano a la cabeza.

–Y si usted no lo vio, ¿cómo sabe que no es cierto? –replicó Lolo.

–No sea viejo loco, Lolo.

Melisa se reía suavemente y trataba de poner fin a la discusión, pero con poco esfuerzo. Era muy divertido escucharlos.

La tarde iba cayendo, pero la conversación se había encendido una vez más.

(continuará)

Comenta en Facebook