Ambrosio Delgado Pinares

En octubre y noviembre, cuando en Uruguay el tiempo está bastante estable y menos ventoso que en septiembre y aunque algunos días parezcan tan invernales como en agosto y otros copiosos en lluvias como en febrero, todo se ve florecido, verde, nuevito de pastos y brotes tiernos, el aire está fresco y renovado y la primavera trae consigo cielos transparentes de azul intenso y nubes regordetas y blancas que salpican los campos de sombras dispares y móviles. Si había llovido suficiente pero no demasiado, los senderos que conducían desde y hasta Piedras de Molle, estaban claros y firmes y sin esa polvareda reseca y asfixiante de los eneros abrasadores. Caminar sin apuro por el frondoso monte indígena, sombreado por los molles generosos en follaje, en frutos, rumoroso de abejas y mieles, acompañado por los zorzales, sabiás, calandrias, celestones y naranjeros que dialogaban en las jornadas de sol entre las ramas y arbustos reflejados en la laguna de Molle era el paraíso bajo el cielo. Un momento en el paraíso, sí. Y así fue por largos años hasta que la naturaleza se fue apoderando de los caminos lentamente. A medida que los pobladores de Piedras de Molle fueron dejando el pueblo en manos de la Madre Tierra, ella se encargó de cubrir las huellas y se cerró sobre las memorias celosamente, ocultándolas como un tesoro.

Ambrosio Delgado Pinares había salido temprano de Montevideo para estar con tiempo en la capital del departamento y poder llegar al pueblo sin apuro. Al descender en la vieja estación del ferrocarril lo estaba esperando un taxista, uno de los pocos que había, un hombre veterano con el que había arreglado, antes de partir a Montevideo, el día y la hora en que regresaría.
–¡¿Cómo le fue, Monseñor?! –preguntó con enérgico vozarrón don Romero Velázquez, el dueño del taxi, apenas lo vio aparecer en la salida.
El cura párroco de Piedras de Molle había explicado muchas veces que él no tenía el título de Monseñor pero finalmente se había rendido y dejaba que todos lo llamaran así.
Sonrió y extendió la mano a don Romero quien le dio un buen apretón, como criollo de ley que era.
–Todo bien, gracias a Dios. ¿Y por estos pagos?
–Nada nuevo; nada nuevo. ¡Lo de siempre!
Subieron al viejo y robusto Dodge, el primer taxi del lugar aunque nunca hubiera sido equipado con aparato para taxímetro propiamente dicho. Don Romero cobraba por aproximación y a conciencia.
El día estaba precioso, soleado y con una agradable brisa fresca.
–¿Se queda en Molle o solo viene de paso? Si usté se va, ¿quién le va a perdonar los pecados a los sinvergüenzas del pueblo?
El cura sonrió y respondió
–Voy a visitar a los Garmendia. Me enteré que están un poco desmejorados.
–Los años, Padre. A todos nos pasan los años. Está añoso don Oribe y la señora también. Juanita los está cuidando. Hace tiempo que dejó la casa que tenía en el pueblo.
Usté sabe, desde que Raymundo no volvió más a vivir acá.
Ambrosio Delgado Pinares se mantuvo callado mientras que el chofer continuaba los cuentos acerca de Raymundo, el sobrino que había criado Juanita cuando quedó huérfano de madre y el padre se había ido a vivir a Montevideo. Recordaba bien a la Juanita que él había conocido cuando ambos eran jovencitos, casi niños. Se habían conocido en la fiesta de casamiento de alguien. Hacía tanto tiempo, tanto, tanto tiempo. No quería pensar en aquella Juanita de la que se había enamorado tiernamente al verla reír o secreteando con las amigas, la que los acompañaba hasta la portera cuando iba con sus padres de visita a la estancia, la que lo había mirado con aquellos ojos tan dulces. Juanita nunca había perdido la dulzura.
Solo había sido cosa del destino que él se hubiera ordenado sacerdote. En realidad su familia lo había encaminado a ello. Era el único varón, el menor luego de tres hermanas bastante mayores que él. Su familia era fervientemente católica, con un tío sacerdote y otra tía religiosa a la que dejó de ver cuando ella se mudó definitivamente a un convento en Argentina. Se había ordenado sacerdote hacía años. Era tan joven en aquel entonces. Un día, estando de servicio en Montevideo, se enteró que el cura párroco de la Iglesia de Nuestra Señora Agradecida -la iglesia de Piedras de Molle -, había fallecido y solicitó entusiastamente su traslado al pueblo. Se necesitaba un nuevo sacerdote. Afortunadamente el Padre Ambrosio pudo regresar a los añorados pagos de su niñez, aunque toda su familia ya se hubiera ido de Piedras de Molle para afincarse definitivamente en Montevideo, donde
residían también sus hermanas casadas y sus tíos.
Juanita Garmendia había quedado viuda a poco de casarse y había criado a Raymundo como a un hijo propio aunque era el hijo mayor de su hermana, María Mercedes Garmendia, fallecida en el parto de una niña.
La sonora voz de don Romero cortó el hilo de los recuerdos.
–Una sola vez volvió Raymundo. ¿Se acuerda? Fue cuando inauguraron el cine en el pueblo. Ya no funciona. No es negocio para un pueblo chico y no hay nadie para ir a buscar las películas. Era otra época, Padre.
–Me acuerdo claro. Los vecinos estaban emocionados. Para la primera función hubo que agregar unas sillas porque vino gente del poblado de Teniente Blás y de Grutas de Molle. Fue una fiesta. Todo el mundo estaba alborotado con la película en colores.
–El “señorito” Raymundo ya se había cambiado el nombre y todo. Contaban que ni se quedó para la función. Mi señora, que compra esas revistas para mujeres, con las estrellas de cine argentino, lo vio en una.
–Raymundo Garrillaga Garmendia convertido en Raymond Gard – acotó el cura con una sonrisa. Y agregó
–Era muy buen alumno, un chiquilín estudioso. Muy callado; muy educado.
–¡Reimon Gar! ¿Qué se le dio por cambiarse el nombre, dígame? Medio raro siempre fue. La pobre de la Juanita Garmendia lloraba. Eso me contaron. Yo no estaba. El cine no me gusta mucho, salvo las de “coboys”. A mi señora le gustan las mejicanas pero hay algunas muy… ¡Qué sé yo! Son unos dramones y lloran y cantan. No, no. A mí deme caballos, indios y tiros. ¡Pum, pam, pum…! Los buenos ganan. ¡Y ni se les cae el sombrero!
Don Romero Velázquez se rió con ganas y empezó a contarle una película en la que el sheriff de un pueblo del Oeste tiene que detener a unos forajidos que roban el ganado de los rancheros.
El sacerdote miraba de tanto en tanto a don Romero y sonreía aunque su atención se perdía en el paisaje extenso y en el camino bordeado de árboles.
Estaban entrando en Piedras de Molle.
–¿Dónde lo dejo, Padre?
–En la plaza, nomás. Ahí veo.
–¿Quiere que lo alcance hasta lo de Garmendia? O lo espero en la comisaría, si quiere. Sosa está casi siempre ahí. Ya le falta poco para jubilarse de comisario a Sosa. No sé qué hará después. Toda una vida en la Comisaría lleva. Se irá a la capital donde vive el hijo y los nietos. Quién sabe. La señora de Sosa tiene sus años, pero los dos están enteros todavía.
–No hace falta, gracias. Vamos con Sosa; me acompaña a caballo o vamos en “el móvil”, como le dice él.
El Padre Ambrosio tomó la valija del asiento trasero y descendió del coche.
–¿Les maneja Barbosa hasta allá? –preguntó don Romero
Y luego se rió con una risa tan sonora y contagiosa que hizo sonreír ampliamente al Padre Ambrosio.
–¡Qué peligro, el negro Barbosa! ¡Saludos a los Garmendia! Cuando me necesite me avisa a la Oficina del Correo y ahí me dicen.
El Dodge arrancó, dio la vuelta a la plaza y se perdió en la calle lateral.
Los pájaros cantaban y hasta el agua resbalando por la fuente podía escucharse en el aire limpio.
Los pasos del Padre Ambrosio hacían crujir las piedritas sueltas. Cruzaba la plaza, valija en mano, como tantas veces lo había hecho, puntualmente cada tarde y por largos años, para ir a tomar un té en la Confitería de los Canale. El día estaba precioso.

La Plaza Artigas se veía bonita como siempre pero solitaria, sombreada por los molles y algún guayabo en flor. Casi al centro, en una glorieta con rosas trepadoras en sus pilares de hierro, la fuente con su tranquilizador rumor de agua y un senderito corto hasta el busto de don José Artigas a pleno sol, flanqueado a un lado por un anciano y florecido ceibo rojo y del otro costado un ceibo blanco; colorado y blanco junto al prócer en un gesto de floral y pacífica convivencia patriótica. Jugando a la simetría radial, los canteros poblados de eternas y resistentes hortensias, algunas rosadas y otras azulinas. Los lugareños contaban a los pocos viajeros que pasaban por allí, que la plaza era lo más grande que tenía el pueblo. Y era así, literalmente. Ni la Iglesia ocupaba una manzana entera. Por fortuna la plaza era bien amplia y daba espacio para todo. Había bancos bajo la protectora sombra arbórea, que los vecinos, en las buenas épocas, disfrutaban en las tardes de todos los días que se pudiera. Los grupitos de jóvenes cumplían con un ritual infaltable: los fines de semana dar la vuelta entera a la plaza. Sábados y domingos aparecían los niños con sus bicicletas y triciclos, niñas con sus cochecitos para muñecas, adultos charlando por largos ratos mientras con un ojo vigilaban los paseos de las adolescentes. Enfrente, a la puerta de la comisaría siempre había alguno de los agentes, Fernández o Barbosa, que más que vigilar, se entretenían mirando la gente. Como el pueblo era tranquilo, a no ser por algún vecino que se tomaba una copita de más y andaba prepoteando en la madrugada del domingo, en las tardecitas de sol, Fernández y Barbosa sacaban unos banquitos de madera a la vereda y se sentaban bajo alguno de los naranjos de la cuadra. En un lugar designado, y el mismo siempre, se colocaba la tarima para que el poeta local, don Enrique R. Henríquez, leyera desde allí sus esperados discursos para cada ocasión festiva, elevada su figura por sobre la mirada del público. En otros tiempos, en la plaza y en disciplinada formación, los escolares cantaban en las celebraciones patrias que, para colmo de los festejos al aire libre, en Uruguay se ubican, por azar de la Historia, en los meses más crudos de otoño e invierno. Si el frío podía ser estoicamente soportado, siempre y cuando no lloviera a cántaros o el temporal de Santa Rosa en agosto no pusiera en riesgo la salud y la vida de los concurrentes- niños, padres y parientes, maestros y algunas autoridades locales-, los actos de mayo, junio, julio y agosto se realizaban rigurosamente en fecha y siempre temprano en la mañana. Se cantaba la marcha “Mi Bandera”, el “Himno a Artigas” y obviamente, el Himno Nacional. La señora María del Socorro Dellepiane de Airaldi tocaba el piano y la maestra de sexto, Emilia de Souza de Vieyra ayudaba en la dirección coral. A propósito, el piano era sacado de la escuela, la única escuela del pueblo, con ayuda de algunos vecinos, y colocado, si no llovía, en la plaza. Cuando los chaparrones no lo permitían, los actos patrios se realizaban en el patio interior del local escolar que era más que suficientemente grande y tenía unos aleros que resguardaban las salidas de las aulas hacia los corredores. Por lo demás, el centro del patio, era abierto y el busto de don José Pedro Varela permanecía imperturbable bajo el sol, la garúa o las lluvias. Cualquiera pensaría, “¿qué necesidad de hacer pasar frío a las criaturas?” Es que para el pueblo, ver salir a los alumnos en filas derechitas, liderados por los abanderados, acompañados por los maestros, todos con sus túnicas blanquísimas y recién planchadas y los niños con las moñas azules impecables, dando primero una vuelta completa a la plaza en una suerte de desfile de homenaje, era un orgullo sentido por todos sin excepción o casi sin excepción.
Hoy la plaza estaba desierta. Las calles, prácticamente vacías. La puerta de la Comisaría, abierta.

–¡Sosa! ¿Cómo va?
–¡Padre! ¿Qué cuenta? ¿Cómo está su gente en Montevideo?
–Bien. Muy bien, gracias a Dios.
Luego de los infaltables intercambios acerca de la salud, de algunas novedades conocidas pero siempre comentadas, apuntes acerca del tiempo y sus imprevistas variaciones, ¡tan nuestras!, el Comisario invitó a almorzar al sacerdote en su casa. La señora de Sosa, doña Consuelo Míguez los estaba esperando.
Después de un abundante y sabroso puchero, acompañado de un vaso de vino casero, un riquísimo arroz con leche espolvoreado con canela, la conversación se alargó hasta la vereda en donde pusieron unas sillas, mientras doña Consuelo preparaba el mate.
La modorra de después del almuerzo ataca a cualquiera que haya vivido en la paz de los pueblos tranquilos de nuestro interior. La siesta es casi una obligación y un corte necesario a la tarde. Nadie trabaja durante la siesta.
–No se preocupe, don Ambrosio. En la Comisaría debe estar Fernández o Barbosa. A esta hora no pasa nada. Si quiere ir a descansar un rato…
–Sí. Tiene razón, don Sosa. Le acepto un último mate y después me voy a una siestita. Me va a venir bien. Riquísimo el almuerzo.
–Un placer, Padre –respondió doña Consuelo. Y sonriendo agregó –Tengo unas empanadas casi prontas y pascualina… Y sopa para la noche.
–¡Cómo lo tiene malcriado al Comisario, doña Consuelo!
El Comisario se rió suavemente y dijo
–Qué haría yo sin mi Lita. Cuando me jubile nos vamos a la capital. Que están los hijos y los nietos allá…
Ambrosio miraba a esa pareja que desde siempre vio juntos: Amavilio Sosa y doña Consuelo, Lita, como le decían en la familia. El momento plasmaba una imagen para no olvidar: la tarde luminosa, el aire calmo, don Sosa y doña Consuelo sentados al frente de la casa pintada a la cal, la puerta abierta y los perros en el jardín, durmiendo. ¡Cuánta paz!
–Nos vemos luego –saludó el sacerdote
–Hasta luego
–Que descanse, Padre –agregó doña Consuelo
El Padre Ambrosio se encaminaba a un rato de siesta con una sonrisa en los labios y el corazón agradecido por el alimento recibido para el cuerpo y para el alma.
–¡Padre, Padre!
Ambrosio se dio vuelta. Era el Comisario
–Disculpe, don Ambrosio. Me olvidé de preguntarle cuándo vamos a lo de los Garmendia, así le aviso a Barbosa que nos lleve en el “móvil”. Tengo los huesos gastados para el rosillo.
–Tiene razón, don Sosa, no arreglamos cómo ir.
Ambrosio pensó unos segundos. De repente era una imprudencia llegar muy tarde a la estancia saliendo después de la siesta. Gente mayor, de salud frágil…
–¿Le parece ir mañana luego del desayuno? Si está lindo como hoy… Me parece mejor.
–Muy bien. Le doy aviso a Barbosa. Si quiere acompañarnos en la cena, a Lita le va gustar.
–Gracias. Será un placer. Hasta luego.

La Iglesia destacaba bajo el cielo azul. El campanario que tantas veces había llamado a misa, en silencio. Algunos pajaritos revoloteaban cerca de las puertas cerradas de la parroquia.
Al entrar a su dormitorio, Ambrosio notó el frío clericalmente austero encerrado entre esas paredes. El sol de la mañana, que iluminaba la habitación a través de una pequeña ventana, ya no estaba para dar algo de calor a la sala. La cama estaba impecablemente hecha y sobre ella, tres ramitos de lavanda que ayudarían a aromatizar roperos y cajones.
La mesa con el mantel blanco y un florero de vidrio, vacío. Los armarios cerrados. Olor a limpio, olor a incienso y a lavanda, a maderas, a cera; olor a nadie. Entonces Ambrosio dejó la pequeña valija que portaba en el piso y regresó al sol de la tarde. Caminaría un poco. Iría a dormitar un rato acunado en la tibieza protectora del monte de molles.

El Padre Ambrosio caminó lentamente por los senderos del monte. Rumor de hojas,
olor fresco del monte, algunos trinos. Se sentó a la sombra, sobre un tronco viejo, bajo un molle añoso y recostó la espalda. Entrecerró los ojos. Tal vez se durmió porque para cuando abrió los ojos estaba bajando el sol. Se levantó para comenzar el regreso al pueblo antes de que oscureciera. No había traído ninguna luz. De repente, le vino al recuerdo una canción que había aprendido en la escuela

“En las cuchillas se pone el sol:
las golondrinas han vuelto ya.
Y por la senda del campo verde
un carretero cantando va.”

La canción lo acompañaba en el camino de regreso.
Más allá del monte, el campo extenso y solitario. Parada en el porche de la casa principal de la estancia, Juanita Garmendia miraba el atardecer. Le pareció que, entreverado en los últimos silbidos de los zorzales, el grito de unos teros avisando que llegaba la noche y algún balido lejano de la majada, escuchaba cantar. Puso atención.
Pensó que el atardecer le jugaba una mala pasada.
“Los zorzales cantan las ausencias al atardecer. Eso decía la abuela”, pensó Juanita Garmendia.
El sol se escondía tras los cerros recortados en el horizonte. El paisaje le recordó una canción que cantaba su hermana

“Alma de mi alma, ¡Cómo lloré!
bajo este cielo lleno de sol
cuando agitaste en la tranquera
tu pañuelito diciendo…¡adiós!”

El Padre Ambrosio cruzaba la plaza de Piedras de Molle iluminada ya por los faroles.
Se arreglaría un poco antes de ir a cenar a lo de los Sosa. Mañana iría a visitar a los Garmendia.

“En las cuchillas se ha puesto el sol:
mientras la tarde muriendo está.
Y así cantando va el carretero
las desventuras de su cantar.”
1

Y Juanita mirando los últimos reflejos de sol pintando el cielo dijo en un susurro
–Hasta mañana.

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1 NOTA de la autora – La canción de referencia es “La canción del carretero”
Letra : Gustavo Alberto Caraballo
Música : Carlos López Buchardo
Puede escucharse en la voz de Ignacio Corsini (1891 – 1967)

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