Epílogo

  –Melisa, ¡no vamos a llegar a nada por acá!

  –¿Podés decirme mamá? Si no es mucho esfuerzo, hijo mío, claro.

  –Madre, tenga a bien prestar atención a su noble primogénito –se corrigió en tono exageradamente teatral Manuel Galarzat, un joven de veintipocos años.

  –¡Callate, tarado! –fue la intervención de Inés Galarzat, hermana menor del anterior. –Papá, decile algo.

  –¡¿Qué voy a decirle, Ine?! Yo manejo, nada más –respondió el padre. –Solo soy un abnegado ciudadano y destronado pater familias

  –Pará el auto, Álvaro –cortó Melisa. –Dejen de pavear por un rato.

  Se hizo silencio. Melisa suspiró brevemente. Miraba el camino adelante con gesto serio y los labios apretados.

  El coche de la familia formada por el ingeniero Álvaro Galarzat y Melisa Ortiguera, los padres de Manuel Leandro y María Inés Galarzat Ortiguera, se había detenido a la entrada de un precioso sendero bordeado de árboles altos.

  Melisa bajó del Peugeot y avanzó caminando por la senda marcada que se desvanecía suavemente hasta perderse dentro de un pastizal.

  A medida que pasaban los años se iban perdiendo los hilos que podrían haber conducido a Piedras de Molle.

  –Están en otra dimensión, papá. Yo digo que están como en Lost, solo que ellos no viajaban en avión y cayeron en una isla perdida en el océano, ellos son una isla misteriosa perdida en el campo uruguayo. Una ciudad fantasma que todavía vive como en el siglo pasado –comentaba Inés.

  –Ves demasiada tele –le respondió con desprecio Manuel. –Todo el mundo enganchado con Lost, todo el mundo en la clase habla de los náufragos de Lost como si los conocieran de toda la vida.

  –Como mamá habla del pueblo perdido de Piedras de Molle –intervino Álvaro, el padre. A vos te pusimos Manuel un poco por tu bisabuelo y otro poco por el veterano que le contó a tu madre un montón de historias. Recuerdo a los monaguillos que hacían diabluras durante las misas en la iglesia de Nuestra Señora Agradecida. Iban por detrás y unían con un alfiler grande las blusas de dos “viejas” mientras estaban hincadas, concentradas rezando, para reírse cuando las veían levantarse y forcejear tratando de separarse.

  –¿Y el día que el hijo del funebrero dejó encerrado en una cripta del cementerio al nenito Raymundo y todo el pueblo salió a buscarlo? ¡Esa es genial! –contaba Manuel entre risas. – ¿Y la del paisano que le compró la dentadura a la esposa y la dentadura tenía más dientes de los que debía y la vieja no podía cerrar la boca… ?

  –¡Mentira! Ese es flor de cuento –intervino Álvaro.

  –¡Es horrible! ¡Qué asco! – comentaba Inés haciendo muecas.

  Mientras dentro del auto seguían sonando los cuentos de Piedras de Molle y las risas, Melisa miraba el cielo. “Volar. Me gustaría ser pájaro. Tengo que preguntarle a Álvaro cómo hacer un vuelo en avioneta, ¿o en helicóptero? ¿Será muy caro?”, pensaba.

  Dio media vuelta; caminó de regreso al auto. Escuchaba las risas.

  Cuando abrió la puerta todos callaron; Melisa sonrió.

  –Vamos. Se me ocurrió una idea –dijo con gesto gatuno y tono de misterio mientras se ubicaba en su asiento.

  Dentro del auto se escuchó un coro de “uh”, “ah”, “¡no!”, “oh”…

  –Ya voy a volver –sentenció Melisa y, de un golpe, cerró la portezuela del coche.

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