ESCENAS – 10 Viernes santo

Abril. Fines de los 90 del siglo XX. Las protagonistas: Delfina, una mujer entre los ochenta y noventa años, viuda que vive desde hace casi una década en compañía de Eulogia. Eulogia bordea los sesenta años y trabaja seis días en casa de Delfina. La acompaña las 24 horas. Dos mundos conviven bajo el mismo techo.

– Eulogia, cuando sean y media poneme la televisión… ¡Eulogia! ¡Esta mujer!… Nunca está cuando la llamo.
Eulogia entró al comedor con un repasador de cocina en la mano.
– Ya la oí, señora Delfina. Y repitió subiendo la voz
– ¡Ya la oí, señora! ¡Estoy calentando el agua para el té!
El lugar estaba iluminado apenas por la escasa luz que entraba por dos ventanas que daban a la calle desde un primer piso. Afuera, el día lluvioso de un tardío otoño. Llovía despacio, calmadamente, sin prisa. Cada tanto pasaba algún auto rompiendo el silencio de una tarde gris de Semana Santa. Los plátanos, de troncos descascarados, amarilleaban y oscurecían alternativamente en ocres y marrones. De vez en cuando alguna hoja caía describiendo tirabuzones en el aire o planeando suavemente en círculos para quedarse luego adherida a las baldosas empapadas. Nadie. Nada más que lluvia y puertas cerradas. Delfina se acercó a la ventana.
– Ni un ómnibus, che. ¡Qué soledad! Al final uno extraña el ruido de los chiquilines peloteando todo el día. Mirá, ni el quiosco abrió. Esto tiene para rato -dijo queriendo ver el cielo pero ni su espalda ni el edificio de enfrente se lo permitieron.
-Todos los viernes santos llueve ¿viste? – continuó, aunque no esperaba la respuesta.
– En casa,- continuó- mamá hacía un pescado riquísimo que ahora no me acuerdo cómo le decían pero papá era para el ayuno.
Eulogia entró al comedor y colocó sobre la mesa un viejo pero coqueto mantel de hilo celeste bordado con un monograma en relieve y luego, prolijamente dos servilletas haciendo juego. Salió nuevamente para volver con una bandeja sobre la que traía dos tazas, una tetera cubierta con una funda tejida en lana multicolor, un platito con plantillas, otro con tostadas y una mielera de cristal.
-¿Funciona bien ese reloj, Eulogia?
– Si, señora- contestó la otra sin mirarlo y sabiendo que no esperaban su respuesta.
El péndulo oscilaba rítmicamente fraccionando el susurro de la lluvia interminable.
-¡El té está servido! -anunció con precisión Eulogia.
-Ya lo vi. No soy boba y no levantes la voz que no hay por qué. Todos creen que porque uno está viejo se vuelve bobo. No me ayudes que gracias a Dios puedo sola.
Delfina se acomodó el saquito color rosa-viejo, que le cubría los hombros y la espalda, por encima de un vestido de franela gris. Se levantó con dificultad apoyándose fuertemente en los brazos del sillón en que acostumbraba sentarse junto a la ventana.
-¿Por qué me sacaste la alfombrita de al lado del sillón? ¿Otra vez me esconden las cosas? La de al lado de mi cama ya sé quién fue que te dijo que la sacaras: mi hija Nenucha o mi nieta Andrea que son dos pesadas que ya te digo ¡cruz diablo! que me voy a caer y quebrarme la cadera como le pasó a la pobre doña Elcira, la del cuarto piso. Cuánto tiempo la tuvieron internada y le tuvieron que poner una prótesis. Después no vino más la sobrina a verla. Pobre señora, tan solita. ¡Qué feo, no! Ayudame, Eulogia que mis piernas con este tiempo las tengo duras.
-Va a tener que usar el bastón que le trajeron.
– Pobre Elcira. Y qué buena moza era de jovencita. El padre, muy amigo de mi tío Esteban. Era un mujeriego.
Delfina caminaba lentamente apoyándose en Eulogia que la sujetaba por la cintura.
– Después tanto tiempo cuidando a la mamá y a la tía y ahí quedó para correr por todos y ahora ni vienen a verla.- Eulogia hizo un suave chasquido indicando su pena
– ¡A usté la vienen a ver!
– ¿Hoy me vienen a ver? ¿Quién? ¿Te llamó Alberto y no me dijiste nada?
-¡No llamó nadie por el momento!
– ¿En qué momento? Ya te dije que me avises cuando llamen que yo puedo hablar por teléfono. Lo que pasa es que no prestás atención. Va a haber que cambiar el teléfono, ya le dije a Nenucha. Ese aparato se oye horrible. Y al final, ¿quién llamó?. Dame la mano que esta silla es una porquería y se resbala cuando me siento.
Cuando las dos mujeres se hubieron sentado a la mesa Eulogia sirvió el té. Era un ritual de todas las tardes desde, para Eulogia, hacía ocho años.
Hacía nueve que Eulogia era viuda. Tenía dos hijas casadas y cinco nietos. Vivía seis días en la casa de Delfina y el séptimo iba a pasarlo en la casa de alguna de sus hijas. Frisaría los sesenta años de los cuales por lo menos cincuenta había trabajado en casas de familia.
Delfina se quejó, como siempre, de la temperatura del té y de que esa porquería de edulcorante no era como el azúcar de verdad.
– Mi mamá nunca conoció el edulcorante. Esto es cosa de Nenucha. Alberto no se mete.
Sorbió un poco de la taza.
– Quiero saber qué me voy a poner cuando el más chico de Alberto se case.
– Nenucha dijo que no se preocupe que iban a ir a la modista.
– ¿Cuándo? Esta es una tranquila. El tiempo se pasa. El muchachito se casa en agosto. Qué fea fecha. En lugar de festejar la independencia se va a engayolar con esa muchachita fea que tiene de novia.
Delfina se rió suavemente de su picardía y de lo que le parecía una audacia.
– Bueno, me como una plantillita y me prendés el televisor. Está lindo para unas tortitas fritas. Podías hacer unas cuantas. Mi hermana Zulma las hacía riquísimas, a papá le encantaba que mi hermana le hiciera las tortas fritas. Zuzú, le decía papá y ¡qué mala se ponía mamá! Decía que era nombre de bataclana, Zuzú. Pobre mi hermana. Ahora en mayo tengo que llamar a mi sobrina Adela porque hace fecha de mi hermana. Se murió en el sesenta y nueve pobre Zulma. Qué perlita de marido mi cuñadito. Fundió el negocio y la mató del disgusto.
– Venga que le prendo la tele. Mientras yo limpio usté va viendo y después me cuenta.
– Hacete la zonza. Así no hacés las tortas fritas- sentenció Delfina.
-«Pero a mí no me engaña,» – pensó- «cuando venga Nenucha le voy a decir que esta mujer es muy honrada pero nunca hace lo que se le pide.»

Delfina se levantó ayudada por Eulogia y juntas fueron de vuelta al sillón junto a la ventana. Lo corrieron un poco hasta casi enfrentarlo con el televisor ubicado en la esquina opuesta. Eulogia lo encendió. Delfina se sacó los lentes y los limpió con decisión, a pesar de que las artrosis había modificado sus manos, con un pañuelo con aroma de colonia que siempre tenía en el bolsillo del vestido. Se los colocó, dobló prolijamente el pañuelo y lo guardó. Luego se acomodó el peinado apretando un poco las ondas plateadas contra la cabeza.
– Tengo que decirle a Nenucha que me traiga otra colonia… ¡Qué manera de llover! Tristeza de viernes santo, como decía mamá. Ni un ómnibus… ¿Viste, Eulogia? Ni un ómnibus…
Eulogia entró al comedor y se sentó en una silla cerca de Delfina.
– Si suena el teléfono atendé enseguida Eulogia, que a lo mejor es Nenucha. Alberto, no. Estará descansando el pobre. Venir no van a venir porque mirá qué feo está.
Delfina miró por la ventana y se acomodó el saquito sobre los hombros.
– ¡Está horrible, señora! ¡Seguro que hoy no salen para nada! ¡Quién va a salir! ¡Más que por necesidá!
– Tenés razón, Eulogia. Yo digo que a lo mejor mañana llaman o de repente más tarde.
– ¡Los tiene mal enseñados porque siempre los llama usté!
– Y si no, estos desgraciados… Vienen y te dejan plata. Yo ya les dije que no quiero nada. Yo tengo la pensión que me dejó mi marido. Me arreglo. Gracias a Dios, me arreglo. No quiero pedir nada a nadie.
Delfina se alisó el vestido y volvió a tocar su cabello peinándolo ligeramente en la nuca con los dedos.
– Voy a tener que ir a la peluquería. Prendé la lámpara de la mesita – dijo descuidadamente.- Está muy oscuro. ¿Guardaste la Coca-Cola en la heladera por si vienen los muchachos?
Eulogia asintió con la cabeza y se levantó a encender la luz.
– Tenés que pasar un poco de cera a este piso- comentó Delfina como al pasar
– Bueno.
– ¿Oíste? No me trates como boba que yo sé esas pavadas de que me puedo resbalar.
El teléfono sonó fuerte desde el pasillo junto al comedor y pareció cortar la penumbra.
Eulogia se dirigió rápidamente hacia donde estaba el aparato.
– ¡Si es Nenucha decile que estoy bien que no venga que está muy feo! ¿Me oís, Eulogia? Acercame el teléfono.
La voz del televisor no dejaba a Delfina escuchar la de Eulogia que decía
– ¿Cómo estás?… Yo, bien… ¿los nenes?… ¿Yamila se mejoró de la garganta? … Cuidala, nena. Que no tome frío… Sí… el domingo voy. No, tu hermana no llamó para nada. La que llamó fue tu prima la Lilí. Me dijo que la tía se agarró flor de gripe…
-¡Eulogia!
– Te dejo, nena que la señora me llama…Qué voy a hacer, pobre…Tengo unos huevitos de Pascua para los nenes. Un beso, nena… Hasta el domingo… Y sí, espero que vengan… pobre viejita… y si no los llamaré a ver qué van a hacer el domingo que yo me tengo que ir ¡que vengan a saludarla el domingo por lo menos!… ¡Qué vamos a hacer! Y todos vamos a llegar…
-¡Eulogia!
– No puedo dejarla solita… Sí, ya sé… Tenés razón… Ah, escuchá, voy al mediodía… y sí porque voy a acompañar a la señora a la misa de Pascua y…
-¡Eulogia! Esta mujer me va a matar. Cuando hable con Nenucha le voy a decir que habla ella sola por teléfono y a mí nunca me comunica… ¡Eulogia!
– Estoy acá, señora.
– Cuando hable Nenucha alcanzame el teléfono ¡qué costumbre! ¿Qué te dijo? ¿Viene?
Eulogia negó con la cabeza y dijo sin atreverse a mirarla
-¿No quiere que le prenda un poquito la estufa? Está poniéndose fresco.
– Hacé lo que quieras. No me digas nada si no se te antoja. Subí un poco la voz que no se oye bien… Debe ser el mal tiempo.
Eulogia subió un poco el volumen y se sentó.
Las dos mujeres miraban en silencio las imágenes en color, de otro color distinto del amarillento que filtraba la tela de la lámpara encendida en una esquina sobre una mesita francesa. Mientras tanto, voces extranjeras escaparon de la caja, llenaron el comedor, pasaron por entre pesados muebles de roble oscuro, se entretejieron con los delicados hilos de las carpetitas de crochet sobre sillones y bajo portarretratos, acariciaron las flores secas en un jarra de peltre que custodiaba la puerta, se diluyeron en los pasillos oscuros hacia la cocina y se apagaron en los silenciosos dormitorios. Afuera acababa otro día y seguía lloviendo.

Para «Escenas – 12 relatos con mujeres» – 1997

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