ESCENAS – 06 Noche de fiesta

Diciembre. Una mujer en la soledad de la Nochebuena

Pudo haber sido el perfume de los jazmines o la noche tan clara con una luna de cuento o la calma de la calle después de un día agitado, diferente, de un día tan especial.
Las lágrimas habían caído suavemente, con una voluntad irrefrenable que la razón no pudo detener.
Tal vez la cerveza que había tomado con los compañeros de trabajo para festejar. Puede ser.
Hacía mucho calor al mediodía. Se había reído tanto. Todo habían sido buenos deseos, abrazos, saludos, euforia… Luego tanta gente en la calle, los puestos ambulantes a lo largo de las veredas, los vendedores voceando ofertas, el Centro bullía en colores y texturas, juguetes, pañuelos, artesanías, sombreros, sillas para playa, bebidas frías, números de lotería, flores, cuadros, camisetas. La parada y luego el ómnibus repleto, con la música a todo volumen. Había vuelto a casa contenta y un poco cansada. Nada más. Todavía estaba sobre la mesa el regalo semidesenvuelto del «amigo invisible”. ¿Cuál había sido el punto? ¿En qué momento? ¿Un pensamiento?
Se había quedado dormida ¿un rato? sobre la cama, luego se había levantado, se había duchado, había salido hasta el supermercado a comprar el helado, había mirado el informativo en la televisión mientras se vestía para la cena, había llamado por teléfono a varios amigos y familiares. Lo usual.
No fueron las imágenes de Londres iluminada ni las de Nueva York ni las de París. Estaban tan lejos.
Tal vez fue cuando apagó el televisor y la casa quedó en silencio. El silencio, sí… Pero estaba acostumbrada al silencio. Salvo cuando venía alguna amiga, rara vez, o sus hermanos con los hijos, más rara vez, no había otra conversación que la de la radio o la televisión.
¿O fue después, cuando se sentó en el sillón junto a la ventana para hacer un poco de tiempo antes de salir. Y eso que este año no se había puesto a escuchar los viejos discos de villancicos. No. No eran los recuerdos. Con los recuerdos debía uno ser cuidadoso.
Los recuerdos.
No debió preparar la mesa igual que antes, que siempre, cuando aún vivía su madre, con el caminero de hilo, un centro de piñas y siemprevivas y los dos candelabros bajos, lustrados, con las velas rojas. ¿Para qué?
Cierto. Faltaba el aroma del Pan Dulce llenando la casa desde la mañana, anticipando la cena en familia. Otra cena, otra familia… Sin embargo no era nostalgia.
Tal vez el trabajo, el estrés…
No debió quedarse sentada haciendo tiempo. Debió salir. Ir caminando despacio. Qué importaba si llegaba temprano. Margarita, una de las cuñadas, estaría en la bendita cocina terminando de preparar las ensaladas o ubicando en los platos la «picada» del copetín. Su hermano Alfredo, en el fondo, con el asado y los chiquilines prendiendo «cañitas voladoras» en la calle.
A lo mejor estaría llegando Armando, con Mercedes y las mellizas con su despliegue de lechón al horno con ensalada rusa, su buen humor y la música para ambientar; pobre Armando.
Luego vendría la ceremonia de los regalos, el intercambio de pequeñas cosas prescindibles y de otras absolutamente inútiles. ¡Qué disparate, no! Cualquiera sabe que todo eso es bueno.
Entonces, ¿qué había sido?
¿Que el comedor de la casa había quedado solo iluminado por las luces del árbol cuando apagó las demás? No. Si eso siempre le había gustado. Las luces encendiendo y apagando, reflejándose en los adornos brillantes y coloridos. Destellos en los pájaros de vidrio, campanitas de porcelana, hombres de nieve de guata, ángeles de cartón, botas de fieltro rojo, moñas de raso, manzanitas con brillantina… ¡Qué viejos algunos! De qué años…
Entonces, ¿qué? ¿Por qué no había podido contenerse?
Ahí estaba, cruzada de brazos y piernas, con la cartera al lado, esperando un poco más para no llegar tan temprano. Llorando. Sin moverse. Permitiendo que la mirada se le perdiera entre las luces que la coloreaban alternándose con la blanca claridad lunar que entraba por la ventana abierta. ¡Quién sabe! Una mala jugada de la emoción. No cualquiera tiene una familia para pasar las Fiestas. Hay gente tan sola. Se secaría las lágrimas. ¡Qué tontería!
No debía olvidar el helado, ni la bolsa con los regalos, ni desenchufar las guías del árbol,ni cerrar la ventana.
Y que el perfume de los jazmines se quede en el jardín.

Para el libro “Escenas – 12 relatos con mujeres” – 1997

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