ESCENAS – 05 La red

Noviembre. La soledad. ¿Cuánto puede necesitarse de compañía aunque sea virtual?
Esta lista completa los requerimientos.
Los asteriscos (*) indican lo básico.
Esto es lo manejado últimamente a nivel internacional.
Cualquier duda quedo a disposición con el mayor agrado.
Nos encontramos allá el martes.
Saludos
Amelia Sánchez

Releyó lo escrito. Correcto. Ahora solo quedaba pasar el fax. Deslizó el ratón sobre la almohadilla y luego tecleó con destreza y rapidez. Un suave zumbido metálico le indicó que las máquinas se habían conectado. Solo transcurrieron unos segundos. Pronto.
Amelia se quedó mirando en la pantalla luminosa el rítmico latir del cursor. Se echó hacia atrás en la silla y aguardó unos instantes. La comunicación había terminado. El domingo, no. Se levantó. Caminó por el dormitorio apenas iluminado por el resplandor plateado que escapaba del monitor y se dejó caer en el sillón a la derecha de su cama. Aunque todavía afuera no oscurecía las penumbras invadían su apartamento de la planta baja. La casa no era muy luminosa. Tampoco era muy espaciosa pero tenía lo justo.
– «Para qué más”- pensaba Amelia y así lo sentía.
Un pequeño living comedor con ventana a la calle, una cocinita alargada cuyas banderolas y una de las puertas daban a un patio cuadrado y permanentemente regado por papeles y puchos que caían de las ventanas superiores, en el que nunca colgaba ropa para secar porque jamás le habían escuchado sus reclamos de que no tiraran mugre ni sacudieran felpudos ni alfombras, un baño sin luz natural y un dormitorio con una ventana que daba al mismo patio. No era mucho pero era propio. Casi. Todavía debía muchas cuotas al banco. Antes de comprar el apartamento había visto muchos otros lugares. Finalmente había tomado una decisión de la que nunca se arrepintió. Como no se arrepintió nunca de haber seguido una carrera que le había permitido encontrar un empleo mejor que el que tenía como Ordenanza en una oficina del Estado que ya era mejor que el anterior en la cocina de un bar. Con la tenacidad y el empecinamiento del que no se conforma con su suerte, Amelia había trabajado y estudiado para obtener su título. Luego, lentamente, habían ido quedando atrás años de alquilar piezas de pensión, largos inviernos y pesados veranos, cursos nocturnos, ahorrando, aprendiendo a vivir metódicamente, privándose de lo que consideraba accesorio, contando y «cuidando cada peso», como a ella le gustaba recordar, para llegar a fin de mes. Austeridad, rectitud, voluntad sin desmayo, conocimientos sólidos, puestos de trabajo conseguidos limpiamente eran su orgullo. Ni un minuto desperdiciado blandamente. Nada abandonado al azar. Sin favores que devolver. Orden, disciplina y perseverancia habían sido, desde siempre, premisas para ella.
Su seguridad al caminar, un físico fuerte y sólido de espalda siempre erguida, la seriedad, la firmeza de una voz sin titubeos subrayando la economía de palabras, una presencia siempre impecable y sobria infundían respeto en quienes la conocían…y también conservaban las distancias. Amelia lo sabía.
Desde hacía algunos años daba clases a estudiantes avanzados. La tarea le resultaba un desafío. La obligaba a mantenerse atenta y a actualizar los conocimientos. Para ello, algún tiempo atrás había descubierto un aliado en la computadora. Al comienzo porque le ofreció más y mejores utilidades que una máquina de escribir común y la posibilidad de archivar datos y encontrarlos rápidamente. Luego vino la adquisición del modem para pasar por fax, y recibir, comunicados y mensajes, con lo que las oportunidades de trabajo se habían acrecentado. Cursos de computación y de inglés ocuparon ratos libres y licencias.
Un día el mundo llegó a ella con solo digitar. Artículos de publicaciones especializadas, información de las universidades y colegios, de laboratorios, de bibliotecas. Amelia había descubierto un universo solícito que no preguntaba más que lo necesario. Puertas abiertas aquí y allá, pasillos, rincones, escaleras, galerías donde bucear con un costo mínimo. Bienvenidas y saludos de instituciones sin rostro ni voz. Páginas silenciosas, perfectas, luminosas, coloridas, inarrugables. La misma uniforme y aséptica amabilidad venida desde Boston, de Cambridge, de Siena, de Monterrey, de Nueva Delhi… Un mundo esperando el ingreso del usuario. Una telaraña tendida hábilmente sobre el planeta. Un viaje de ida y vuelta opcional e individual. Amelia imaginaba miles de viajeros virtuales embarcados en la misma travesía, en espacios personales e intransferibles, en la que no hace falta verse, hablarse y menos tocarse con los demás pasajeros. Nadie pidiendo confraternizar. Sin pérdidas inútiles de tiempo cuando se tiene una ruta clara. Nada que lo detenga salvo algún congestionamiento en las autopistas de la información. Y al final, cuando se desea regresar, solo hay que «desengancharse» sin disculpas ni explicaciones. Esto había sido al comienzo, cuando solo ingresaba a la red buscando algo específico.
Amelia miró desde el sillón el cursor titilante.
Las sombras avanzaban rápidamente. Inmóvil, sin cambiar la posición desde que se había sentado en el sillón, la mirada prendida a la barra parpadeante, Amelia notó cuando el corazón empezó a acelerar sus latidos. La respiración se agitó levemente. Una transpiración apenas perceptible le humedeció las palmas de las manos y las axilas. Apretó las mandíbulas. Aquí estaba otra vez. Lo sentía en la boca del estómago. Últimamente, le costaba reconocerlo, pasaba más tiempo frente a la pantalla, navegando por placer, un placer real experimentado por los sentidos. Explorar,recorrer en soledad, llegar a territorios desconocidos. Ver sin ser visto. Una convincente tentación irracional.
Amelia había ido dejándose llevar. Cada noche, desde la primera vez que lo experimentó se había sentado frente a la pantalla y se había permitido sentir el dominio, la seducción callada y meticulosa, arrolladora, liberadora, el poderoso atractivo, ineludible, atrapante de ser gobernado, estimulado y frenado por los ritmos de la búsqueda, el encuentro tranquilizador, el placer de recomenzar y finalmente la separación satisfecha.
El domingo no había acabado. La noche comenzaba. En el dormitorio, Amelia contemplaba el monitor envuelto en su luminoso velo plateado y el cursor latiendo muda y acompasadamente. Disfrutaba esta angustia previa y preparatoria. El momento lo decidiría ella una vez más.
Se puso de pie. Ya era hora.

Para «Escenas – 12 relatos con mujeres» – 1997

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