ESCENAS – 01 Confesión

Julio. Una mujer se queda sola en la casa durante las vacaciones escolares de invierno. Sus hijos y su esposo se han ido y ella trata de aprovechar el silencio y un tiempo para sí misma. Sin embargo «uno propone y Dios dispone», como dice un viejo dicho. Corren los años 90 del siglo XX.
Aquella noche llovía. Los vidrios de las ventanas se veían cubiertos de gotitas por fuera y empañados por dentro. Siempre me gustaron las noches de lluvia, especialmente oyendo temas de jazz lento y el deslizarse de los autos por la avenida. Si hubieran estado mis hijos, hubiera estado prendido el televisor, ellos habrían dibujado y escrito sus nombres en los ventanales y yo los hubiera dejado, como siempre, porque tiene algo de ternura ver chorrear esas letras, ranchitos y árboles ingenuos. Las luces de toda la casa hubieran estado encendidas y se oirían sus voces. Hubiera habido aroma de comida en preparación para la cena. Hubiera estudiado con mis hijos o los hubiera ayudado a hacer los deberes. Y eso, que me resulta a veces tan fatigoso luego de un día entero de trabajo se me hizo, entonces, lejano. Estaba sola en casa. Disfrutaba de esto y a la vez extrañaba aquello. Unos aplausos me recordaron que terminaba el tema grabado en vivo del compacto pero ya empezaba otro y yo estaba ahí con las luces bajas, viendo intacta el agua condensada en los vidrios de las ventanas mientras sonaba un saxo y se deslizaban los autos por la avenida. Batería, saxo y piano. Me serví un whisky y dejé que mi pensamiento se perdiera en la noche mientras me acomodaba en un sillón, los ojos cerrados. Aplausos para el solo de saxo…luego entraron muy suavecito acordes de piano y una voz femenina paladeó palabras en inglés.
Sonó el teléfono. Lo miré pero dejé que el contestador atendiera por mí. Nadie. ¡Qué felicidad! Cortaron. Cerré de nuevo los ojos. La música inundaba la penumbra.
Timbre. ¿Sería posible?
– «No, no, no es para acá», pensé – «No puede ser para acá.»
Tomé el vaso de whisky que no había empezado esperando a que el hielo lo refrescara.
Timbre.
Me levanté fastidiada y fui hasta el teléfono portero
– ¿Quién?
– Pocho.
– ¿Vos por acá?
– ¿Me abrís?
– Sí, claro. Pasá.
Apreté el botón que abre la entrada al edificio y esperé escuchando.
– ¡Tá!- gritó Pocho
la puerta cerrarse a través del auricular.
– «¿Pocho?»- pensé – «A las …»- Miré el reloj – «¡ocho y media!»
A mí me parecía tardísimo.
– «¿Qué querrá? ¿Habrá pasado algo?»
Prendí la luz del pasillo y la del living. Fui a la cocina a dejar el vaso con whisky mientras el ascensor traía a Pocho hasta el piso. Regresé junto a la puerta. Miré por el ojo visor y antes de que tocara timbre, abrí.
– ¡Pocho! Pasá. ¿Vos por acá? Hoy es una noche horrible.
– Me vas a decir a mí. Venía de casa de mi ex y antes de llegar a la mía pensé en pasar a saludarlos. ¿Y Ernesto y los chiquilines?
– Están afuera, en casa de unos amigos. Como los chiquilines están de vacaciones y Ernesto podía, se fueron. Vuelven el sábado. Vení, no te quedes ahí. Dame el paraguas y la campera.
– ¿Tomás algo?- pregunté pensando en el whisky dejado en la cocina – ¿Querés un café, un té, un whisky?
– Bueno. ¿Qué tomás vos?
– Estaba sirviéndome un whisky cuando llegaste – dije mientras ponía el paraguas en el baño y colgaba la campera mojada en una percha.
– Así que sola. ¿Esperabas a alguien?
– ¿Por qué? ¿Se nota? – y me reí mirándome los vaqueros y el buzo de lana.
– No… Bueno, no quise decir eso, no sé – se rió él también.
– ¡Qué música!- añadió – Está para ambientar un club nocturno.
– Mm… Sí, me gusta el jazz. ¿Te sirvo un whisky?
– No, no. Si tomo digo pavadas. Mejor un café.
– Ya vengo – le dije – Sentate. Voy a poner agua.
Cuando llegué a la cocina, sobre la mesa seguía mi vaso, llenándose de hielo derretido y haciendo un charquito alrededor. Tomé un sorbito y puse agua a calentar. Preparé una taza con café instantáneo y el azucarero. No solía tener edulcorante.
– Ya estoy contigo – le grité mirando la caldera que empezaba a susurrar.
– Está bien – me contestó – no tengo apuro.
– «Yo sí”- pensé – «un día que me iba a acostar temprano a leer…»
El agua hirvió como entendiendo mi urgencia, y preparé, sin batir, un café. Cuando aparecí con la bandeja pronta con el café y mi whisky encontré a Pocho mirando por la ventana.
– Ya está. ¿Lo querés con azúcar?
– ¿Qué? – preguntó dándose vuelta como quien está muy lejos.
– Sí, – continuó – azúcar. Yo le pongo. Dejá. ¡Cómo me gusta el jazz!
– A mí también – reiteré. Me preguntaba si habría venido solo de visita… ¡Tenía una cara! Nos sentamos frente a frente cada uno en un sillón.
Empezaba un tema lentísimo, íntimo, profundo, luego de otro más brillante que había terminado. Otra vez la voz femenina dulcificaba el inglés, alargando consonantes y vocales con cadencia sensual.
– Gloria se casa – dijo de repente – y yo a él lo conozco.
Me quedé escuchando y mirándolo. Había vuelto la cabeza hacia la ventana por donde se veía que llovía más fuerte. No sabía qué decirle. Su ex mujer tenía todo el derecho de rehacer su vida pero decirle eso tan frío y convencional me parecía espantoso. Callé y seguí con mi whisky.
– Con Gloria me llevé siempre tan bien – añadió con la mirada perdida.
Yo callaba porque no se me ocurría qué decir ante esto que sonaba a imprevista confesión.
– No puede hacerme esto. Llevamos diez años de separados.
– Divorciados – sugerí con un hilo de voz.
– Es lo mismo – atajó Pocho – diez años… Toda una vida. Nos entendíamos tan bien. Vos sabés cómo yo la quiero.
Sonreí bobamente porque mil cosas se me pasaban por la cabeza. Me parecía algo tan ridículo estropear esa música perfecta, en un día perfecto de lluvia, con esta conversación.
– Sabés lo que hice por ella y todo lo que ella hizo por mí.
Miré mi pobre whisky y lo terminé. Lo que quedaba estaba tan aguado como la noche y como la charla. Pensé en cambiar de música, tal vez en vez de jazz algo de Wagner iría mejor como marco al drama doméstico.
– … salí como un idiota. Me sentí como un imbécil.
– «Muy cierto»- pensé con crueldad pero no dije nada. Con Pocho éramos compañeros de trabajo hacía como quince años y yo lo apreciaba, por lo menos hasta hoy, hasta hacía un rato… diez minutos. No quería fastidiarme con él, debía ser comprensiva en lugar de pensar que estaba estropeando un solo de saxo.
– … contestame. ¿Verdad que tengo razón?
– Te sentís mal, Pocho. Claro… – dije, cuando en realidad no sabía si tenía razón en alguna cosa ni a qué se refería.
– Porque hay una cosa bien cierta – prosiguió. Pero las palabras que siguieron me las perdí porque seguí pensando que debía cambiar de música. Se me hacía insostenible tratar de seguir los arpegios del piano y no entendía por qué había abierto la puerta, pero a la vez no podía enojarme con Pocho, pobre. Para él le resultaba terrible el casamiento de Gloria. Por otra parte Pocho era tan… ¿buena persona?
Sonaron aplausos en la grabación y me levanté a poner «stop» en el equipo antes de que empezara otro tema.
– Te escucho, – le dije – no te preocupes.
A esa altura dudé que Pocho se preocupara siquiera un segundo por mí y mi circunstancia.
– Sí, no, por favor hacé lo que tengas que hacer. De repente te estoy molestando. Estabas tranquila y yo vine a estropearte la noche. Es que me sentía tan mal…
– ¡No! No, Pocho – me apuré a decirle y de repente me sentí mal yo también. No había escuchado nada como desde hacía cinco minutos por lo menos. Me remordió la conciencia y el corazón. Puse otro compacto, el primero que saqué y me senté frente a Pocho, arrollada en el sillón. Se hizo un silencio y comenzaron los acordes. La voz recia de Julio Sosa cantó
«Qué ganas de llorar, en esta tarde gris
su repiquetear la lluvia habla de ti…»
– «Ay, le erré”- pensé y contuve el aliento – «Va a creer que lo hice a propósito.»
– Sos una divina. ¡Qué bien me entendés! Sabés lo que me gusta el tango y lo hacés para ambientarme, para que me anime a seguir. No sabés cómo… vos sabés cómo…
Sonreí pero en realidad me hubiera reído a carcajadas de los nervios.¡Yo había pensado que iba a creer que le tomaba el pelo!
Escuchó con la mirada fija en la alfombra y a mí me pareció que los ojos se le llenaban de lágrimas. Permanecimos un rato sin cambiar palabra.
– Era mi musa. Yo pensaba en ella cuando escribía.
– Olvidate de eso ahora
– ¿Olvidarme?
– «Ahora sí, le erré” – pensé con pesadumbre.
– ¿Sabés que tenés razón? No voy a escribir más versos ahora voy a componer canciones que evoquen nuestra relación, sus ojos, su enorme capacidad para amar… Porque si hubo persona que lejos de herirme y cerrarme las puertas… fue Gloria. Ella me ayudó todos estos años a sobreponerme a la soledad, ella fue…
Me di cuenta de que la canción había terminado y empezaba la siguiente.
«Che papusa oí los…»
No lo podía creer, parecía cosa de locos. Iba a dejar que terminara el querido Mago y pondría otra cosa. Quería mirar el reloj pero el mío estaba escondido bajo la manga y en el living otro no hay. Tenía que ir hasta la cocina.
– ¿Querés otro café? Yo me voy a preparar uno – dije.
– ¿Qué? ¡Ah! Disculpame, yo seguía hablando y… no, gracias, ahora no. Te acepto un whisky. ¿No te molesta? Yo sé que no me vas a decir que no.
Negué al tiempo con la cabeza. Sentía la boca pastosa y me estaba empezando a doler la cabeza.
– Esperame. Ya vengo
Después de que lo dije me di cuenta: ¿pero a dónde iba a ir este hombre? Calenté agua. Puse hielo en un vaso limpio. Me serví en una taza de té un café bien cargado y marché al living.
«Mis veinte abriles se quedaron lejos,
locuras juveniles…»- cantaba el intérprete, una voz para mí desconocida, en ese compacto, recopilación de temas e intérpretes.
Debí prestar atención a lo que me había estado contando Pocho. Me sentía en falta, culpable, cruel y muy cansada. Le serví el whisky y marché rumbo a los discos compactos decidida a poner Wagner o Liszt o Mozart.
– Te oigo, Pocho. ¿Qué me decías antes de que te interrumpiera? Perdoname…
Y al mismo tiempo pensé
– «No miré la hora. Queda horrible si la miro ahora. De repente se da cuenta y cree que quiero que se vaya y no puedo hacerle eso, pobre…»
– Que ya ves qué vida la mía dedicada al trabajo, a ser buena persona, no hacer mal a nadie, ayudar. ¿Te acordás cuando lo de la mamá de Sergio? ¡Qué terrible! Yo enseguida le di una mano y no solamente…
– «Santo Dios» – pensé – «¿Qué me pasa? Yo no estoy bien. No puedo seguirle el hilo.»
Tomé el compacto de Melodías Inolvidables del Ballet, interrumpí el de tangos y lo puse. Cada vez más fatigada me senté en el sillón frente a Pocho. Los primeros acordes me sonaron distintos en el subconsciente porque ahora estaba esforzándome en retomar la atención hacia el monólogo que sostenía Pocho. Yo quería escuchar por encima de la música. De repente el equipo atronó, o yo lo creí así, con el tema de la película «La Bella y la Bestia». Iba a matar a mis hijos cuando volvieran. Seguramente ellos habían toqueteado y entreverado los discos. A la fatiga se sumó la bronca con mis hijos. Miré a Pocho y traté de no dejar traslucir mi estado de confusión detrás de una sonrisa tibia.
– Al fin de cuentas vos tenías razón, el otro día en la oficina cuando me dijiste: «Pocho, tenés que pensar que Gloria algún día puede querer rehacer su vida con otro hombre y tenés que estar preparado» ¡Qué razón tenías!
Pocho apuró el whisky y se levantó.
– No te doy más charla.
Me levanté yo también. Él vino hacia mí y me abrazó.
– Gracias – me dijo – No sabés cuánto mejor me siento. Es tan bueno tener amigos que lo oigan así, sin preguntar nada, sin falsos consejos, sin prejuicios… Te veo mañana.
– Por favor -contesté – Esperá. Voy a buscarte las cosas.
Me sonrió mientras se ponía la campera y tomaba el paraguas. Abrí la puerta. Nos dimos un beso y un abrazo. Lo vi irse por el ascensor. Entré a casa, apagué la luz del pasillo, la del comedor y el equipo de audio. Llegaba la luz de la calle a través de la ventana. Debía hacer frío porque los vidrios seguían empañados. Abrí las dos hojas y un soplo de aire corrió por el living. No llovía y estaba apareciendo la luna entre las nubes. Fui a la cocina, me serví agua helada y tomé un analgésico. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan mal.

Para «Escenas – 12 relatos con mujeres» – 1997

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