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  —¿Otro arbolito compraste?
  —El otro estaba viejo, Nacho.
  —Cuando yo era chico el árbol se cambiaba cada muerte de obispo, como decía mi abuelo. ¡Qué grande mi abuelo! Antes las Fiestas eran más lindas, ¿no? Digo, cuando uno es chico. Se terminaban las clases y empezaba la playa. 8 de diciembre. Chau túnica y moña; hola short de baño.
  —Cada vez terminan más tarde los chiquilines —acotó la esposa de Nacho, Inés, mientras dejaba el arbolito de Navidad, todavía envuelto, sobre el sillón junto a la ventana.
  —El año pasado ni fiesta en la escuela tuvieron. El bicho COVID casi mata a Papá Noel. Pero, zafamos. Nosotros zafamos bien. Pero…, los Reyes Magos… Como que se va perdiendo la tradición. Una lástima. A mí me caían bien los tipos.
  —Nacho, cada año por estas fechas empezás con lo mismo. Tenés un trauma con los Reyes, mijo. ¡Te estás poniendo viejo! ¡Y sentimental! Me voy a la escuela a buscar a Joaco. Dentro de un ratito poné la olla con agua para unos fideos. Voy a usar la salsa de los bifes de anoche. Con los fideos y la carne, listo. No te hagas el boludo y acordate de poner el agua a calentar. Después, de tarde, voy a aprovechar a empezar a armar el arbolito. Capaz que podés ir sacando la bolsa con los chirimbolos del mueble ese, de ahí; ese, ¿tá?. No rompas nada que ahora vengo. ¡Ah! Pará. Guardá la bolsa esa de ahí en el placard del cuarto nuestro. Es para Papá Noel. Nacho… ¡Nacho! La bolsa esa, el agua para los fideos, los chirimbolos… ¡Wake up! ¡Bye!

  Inés salió casi corriendo y dando un portazo.

  Ignacio, Nacho, quedó en silencio mirando la pantalla de su computadora portátil. Buscó música. “Mi país” de Ruben Rada.

  —“Cómo le gustaba a mi padre el negro Rada, el candombe, los tamboriles” —pensaba Nacho. “Esta canción en particular era una de las preferidas de mamá”.

  Y mientras la melodía y la voz iban llenando el living del apartamento, Ignacio iba sacando el papel que envolvía el arbolito nuevo, que había traído su mujer y dejado sobre el sillón.

  Nacho cantaba mientras iba rompiendo las bolsas de nailon que aprisionaban las ramas artificiales.

  —”…Como uruguayo quiero ser parte de ti…”

  Iban cayendo al piso los pedazos de nailon y de papel. Cuando por fin el árbol quedó al descubierto, solo apretado con un último hilo que no lo dejaba extender sus ramas, Nacho lo abrazó y comenzó a ensayar una suerte de paso de baile alrededor de la mesa del living. La computadora y Nacho cantaban al unísono.

  —…Ir al bar por unos trucos y soñar con ser campeón… Respirar tu primavera hasta que llegue el jazmín…Porque ya lo dice el dicho, siempre que llovió paró…

  Nacho paró en seco el canto y el baile. Mientras la canción seguía saliendo de la computadora, se llevó una mano a la boca mientras decía en voz alta.

  —¿Qué fue lo que me pidió Ine? Ah, sí, creo que era guardar las bolsas de Papá Noel. Claro, ¡qué pelotudo! Antes de que llegue Joaco.

  Pensaba: “ahora no piden una bicicleta como nosotros cuando éramos chicos. Qué divino fue. Inolvidable”.

  Las imágenes llevaron a Nacho a un año en especial y a un momento imborrable. Él tendría unos siete años cuando escribió aquella carta para los Reyes Magos. Era enero. Hacía calor. El abuelo sentado en el murito. La tarde soleada. La noche del 5 de enero. Él había escrito una carta a los Reyes enumerando sus pedidos. La había escrito en una hoja de cuaderno. También recordaba haber envuelto un alfajor para su Rey preferido, Baltasar; le había pegado una tarjetita con el nombre y lo había escondido bajo el aparador del comedor. Había tratado de no dormirse para ver a los Reyes, pero se durmió y cuando se despertó encontró una bici soñada. ¡Su primera bici de verdad! Y aquella carta firmada por Melchor, Gaspar y los camellos: “A nosotros también nos gustan los alfajores”. Qué genios. Unos crá los viejos. Y fue anécdota y recuerdo reiterado por mucho tiempo. Tal vez por eso había quedado tan firme en su memoria. Después fue el goce de andar por la vereda en las primeras horas de la mañana luciendo la bici nueva con sus tiritas de colores colgando en cada punta del manillar. Encontrarse con los amigos de la cuadra, prestarse los regalos: el monopatín, la pelota de fútbol, la bicicleta, jugar con el Ludo nuevito…

  La canción de Rada había terminado y la siguiente era “Cometa de la farola” de Jaime Roos.

  Nacho tenía su lista de elegidos que escuchaba , en particular, cada diciembre.

  —¡Por Dios, qué genios!

  “Tiene razón Ine; me estoy poniendo veterano. Escucho las mismas canciones que mis viejos”.

  Nacho guardó las bolsas en un placard.

  Regresó al living. Miró el nuevo árbol y se dispuso a dejarlo pronto para cuando vinieran su señora y el pequeño. Cortó el hilo para poder abrir las ramas, le colocó la base y ya bien armado lo dejó sobre la mesita que había junto al sillón.

  “Bueno, ahora está mejor. Pero, pah, ¿qué me dijo?”, pensaba mientras recogía los restos de envoltorio desparramados por el suelo. Iba a buscar algo para poner aquel destrozo de papel y nailon.

  La siguiente tonada lo llenó de nostalgia: “Interiores” de Rubén Olivera.

  “Ah, el aroma de los jazmines que inundaba mi casa. La vecina siempre le daba jazmines a mamá. ¡Qué barbaridad! Y los gurises de ahora piden todo a Papá Noel. Nada como aquella magia de los Reyes Magos. No había gordo enfundado en un traje rojo entrando por ninguna chimenea. Además no teníamos chimenea. Vamo’arriba los Reyes Magos. Larga vida a Melchor, Gaspar y Baltasar con camellos, pastito y agua. Y ¿por qué no?, alfajores como le dejé aquel enero”.

  Nacho se sentó en el sillón mirando, sin ver, el arbolito nuevo y se quedó escuchando el tema hasta el final. Le gustaba mucho. A continuación comenzó “Una canción a Montevideo” de Mauricio Ubal.

  Timbre. Nacho se sobresaltó. El candombe sonaba repiqueteando en las paredes.

  “Esos tamboriles”, pensaba, “los tamboriles de mi barrio Palermo”.

  —¡Vamo’ que no ni no!

  Se acercó al portero eléctrico que seguía sonando sin interrupción.

  —¡¿Quién es?! —preguntó casi a los gritos.

  Escuchó la voz de Inés.

  —Abrime que me olvidé la llave, Nacho.

  Y la voz de su hijo, Joaquín, hablando apresuradamente.

  —Abrí, papá. Dale que me estoy haciendo pis.

  Nacho apretó el botón que abría la puerta de calle y al instante se acordó. “¡El agua para los fideos!”

  Corrió a la cocina, puso la olla en la pileta bajo la canilla y abrió para dejar caer el agua.

  Joaco golpeaba la puerta.

  —¡Dale, pa! ¡Abrime rápido que me hago pis!

  Nacho abrió. Joaco entró primero y soltó la mochila para correr hacia el baño.

  —Bajá la música, Nacho. Después viene la vieja de arriba y se queja.

  El candombe atronaba el aire.

  —¡Viene amar, viene amar, viene amar este Montevideo…!

  Nacho bailoteaba alrededor de Inés.

  ¡Recién estás poniendo el agua para los fideos, Nacho! ¿Bajaste los chirimbolos del estante de arriba? Dejate de bailar, querés. ¡Estás en la luna cuando te hablo!

  —Viene amar, viene amar… —cantaba Ignacio a toda voz. ––En la luna, no. Estuve en la estrella de Belén buscando a los Reyes Magos. ¡¿No los viste por ahí?!

  —No. ¡Estaban bailando candombe mientras el agua de la olla se desborda!

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Este cuento remite a uno anterior de la autora “Un regalo para Baltasar” (Ediciones Rosgal -1994)

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