U. A. López y G. Guerra

Ernesto López, Lopecito como todos le decían, era hijo de U. A. López, uno de los dueños de la funeraria “López y Lespera”, única empresa de ese rubro allá en Piedras de Molle. Ernesto, Ernestito, Tito para sus padres, se había criado entre muertos y ataúdes como quien dice. No era que se muriera mucha gente en el pueblo, solo lo habitual, pero llegado el caso era necesario el servicio de profesionales que trataran a los deudos con absoluta seriedad y a los que abandonaban este mundo, con total respeto y reserva.
Cuando Tito alcanzó los catorce años, López padre decidió que era tiempo de que el muchacho empezara a trabajar y fuera adquiriendo las habilidades necesarias para la empresa que iba a heredar, a medias. Por su parte, A. Cayetano Lespera era soltero, sin hijos y con algún sobrino lejano del que no tenía noticias desde hacía tiempo; así que la mitad de la empresa sería heredada, casi sin reclamos, por Ernestito López. La mamá de Ernesto, Azucena Pura Benditto, había desaparecido el mismo día que el Comisario Gualberto Guerra, cuando Ernestito aún era un niño. De ella no se habían tenido noticias en muchos años.
Guerra estuvo poco tiempo en el pueblo; apenas fueron unos meses ejerciendo el cargo pero, en ese breve lapso, había roto corazones femeninos y dejado suspiros contenidos en el pecho de las jóvenes del lugar.
El Comisario en nada se parecía a U.A. López, el funebrero. Haciendo honor a su oficio López era un hombre flaco, macilento – “duerme en un cajón”, decían los chiquilines del lugar -, bastante alto, con una ligera renguera y unos nombres de pila que ocultaba muy bien a todos: el pobre hombre se llamaba Último Aparecido. Terrible para una persona con su ocupación. Pero bueno, a veces los padres ponen nombres algo extravagantes a sus hijos. Algo similar le sucedía al socio de López, A. Cayetano Lespera. La “A” era la primera letra de su primer nombre: Amado. Imaginemos que para alguien dueño de una empresa fúnebre llamarse Amado Lespera parece chiste; por esta razón usaba su segundo nombre que sonaba mejor y sin dobles intenciones: Cayetano. Igual sufría ciertas chanzas por aquello de que “Lespera en la funeraria”.
Eran dos socios muy particulares. Lespera era un hombre de altura media y complexión fuerte, de manos grandes y surcadas en relieve por gruesas venas , algo cabezón, con poco cabello, barba y bigote. Parecían haber sido elegidos para los papeles que les habían tocado en la vida, uno alto, huesudo y descolorido y el otro fornido como un estibador. Cuando López saludaba dando la mano a los deudos de sus, digamos, “clientes”, lo hacía con esos dedos largos, flojos, secos y fríos como muertos. ¡Tan adecuados a la situación! En cambio Lespera daba un apretón vigoroso, con mano decidida que transmitía la fuerza y la energía vital necesaria para superar esos tristes momentos.
Como por aquel tiempo no había cine en Piedras de Molle y para la llegada de la televisión faltaban años, solo los mayores que habían visto películas de “El Gordo y el Flaco” en el “biógrafo”, los llamaban así. Cariñosamente y en los círculos de confianza, siempre. Tampoco los vecinos de Molle querían que por la broma les cayera algún gualicho o se les apareciera ese que no se nombra y que nunca hay que llamar. A los muertos, a los espíritus y al que reina en el infierno se los deja en paz y punto.

Volviendo a Gualberto Guerra, el Comisario que, según dicen algunos, huyó con la mujer de López, se diría que también estaba preparado para el rol. Había llegado a Piedras de Molle en el auto del Dr. Cancela, médico del lugar, que lo había ido a buscar a la estación del ferrocarril de la capital del departamento. A falta de otra autoridad lo había recibido don Juan Bautista Pedernal, Director de la Escuela No 1, columnista del diario local “Hora de Molle” y referente político de la zona. Algunos vecinos se juntaron frente a la vereda de la Comisaría para echarle un primer vistazo al jefe nuevo. Apostados junto a la puerta estaban el oficial Amavilio Sosa y dos agentes: Ismael Fernández y Rosalío Barbosa.
Guerra no destacaba por su altura pero sí por tener físico y porte de boxeador. Un bigote recto cortaba las líneas angulosas del rostro recio y amorenado. Tenía ojos renegridos de mirada astuta y voz áspera y aguardentosa, quizás acentuada por el consumo de caña y tabaco negro. Impresionaba cuando salía a dar una vuelta por el pueblo y saludaba a los vecinos con un movimiento de cabeza, en silencio y sin sonrisa.
La muchachas casaderas se sonrojaban cuando el Comisario hablaba con ellas en ese estilo parsimonioso, protector y galante, bastante empalagoso en verdad, aunque estuviera intercambiando insignificancias del momento.
En la estancia de don Conrado Céspedes le habían proporcionado un buen caballo con el que podía recorrer los alrededores de Piedras de Molle. La Comisaría no tenía auto y los caminos, por aquel entonces, eran bastante rústicos e irregulares: polvorientos, pedregosos, agrietados en ciertos tramos durante la seca y barrosos o empozados cuando las lluvias. Un caballo era una excelente opción.
Cuentan que a poco de llegar le dio por ir a menudo a la funeraria de López y Lespera con la excusa de revisar la lista de bandidos y soldados que habían caído abatidos en redada o en combate en la zona y aledaños y cuyos cuerpos habían recibido cristiana sepultura, a pesar de todo y aunque hubieran muerto anónimos, en el cementerio de Molle.
También había visitado la parroquia de Nuestra Señora Agradecida para ver los registros de nacimientos y muertes. Alguna vez lo vieron caminando por el Cementerio que fuera de la Iglesia, y que luego había pasado a la órbita civil aunque conservando el nombre, acompañado por la señora de López. Azucena Benditto de López oficiaba generalmente de sacristana, arreglando el santuario para las misas principales y festividades, colocando flores frescas en los jarrones que adornaban el altar mayor y ayudando a ordenar la sacristía.
Como sea, cuentan que las visitas del Comisario Guerra a la funeraria, las recorridas por el cementerio en compañía de Azucena, las idas a la casa de los López, se reiteraron bastante y hasta había sido invitado a comer con la familia en varias oportunidades. Las suspicacias corrían por las calles, casas y comercios de Molle. Conversaciones como la que sigue se hacían más frecuentes entre, y sobre todo, las vecinas mayores.
–A la Azucena se la ve más como contenta ¿no?
–Se arregla más, ¿vio?
–La otra tarde la vieron ir por la confitería y compró merengues de los caros.
–Ahhh…
–Me comentó el agente Barbosa que Azucena le lleva comida al mediodía al Comisario Guerra.
–Mire…
–Esa siempre fue medio… Como dicen: anda loca la gallina.
La doña se rió por lo bajo, revoleó los ojos y movió los hombros como bailando. La otra interlocutora también se rió y cubriéndose la boca con una mano respondió
–No diga eso. ¡Pobre don López! Tan… serio. ¡Si supiera!
Esto por mencionar solo algunos comentarios de los que circulaban por el pueblo.
Un día, sentados en la plaza, conversaban al fresco el Oficial Amavilio Sosa y Don Bautista Pedernal.
–Se lo digo en confianza, don Bautista. El Comisario no me convence. Está pocas veces en la Comisaría. Se sube al caballo y se va. El Oficial Fernández me dijo que lo vieron en… la casa, en… usted sabe, la casa… de tolerancia de la Rosa Quintana – Y al decir esta última frase bajó la voz en tono de confidencia, carraspeó y siguió
–Le pido disculpas, don Bautista pero como usted es nuestro político de acá… Es mi obligación decirle.
Don Bautista Pedernal, maestro, periodista y referente político, escuchaba con atención, sin gestos. Fumaba en su pipa sin apuro. Luego de unos segundos en silencio Bautista habló.
–Lo que haga el Comisario con su vida privada es cosa de él, Sosa. Lo que diga el Padre Ambrosio, si es que le comentó algo al respecto, merece respeto y se justifica por ser un hombre de fe católica, pertenece a la Iglesia…
–Disculpe, don Bautista, perdone que le interrumpa; a mí no me dijo nada el padre Ambrosio y usted sabe que a la iglesia solo voy de cuando en cuando. Lo que le digo es que la gente empieza a hablar de las costumbres y las mañas del Comisario.
–Es nuevo en el pueblo y es lógico que sea tema de conversación para los vecinos… Tampoco esperábamos un ángel, Sosa. Es un hombre. Hace lo suyo.
–Viene a la Comisaría y jiede a caña y a joda… disculpe que le hable así, maestro.
Pero es… no está bien. Le hace mal a los agentes. Fernández y Barbosa lo festejan como si fuera un… como si estuviera bien. ¡El Comisario! ¡De joda todas las noches! No está bien, maestro. No está bien. No, no. En esta época más que nunca tenemos que dar el ejemplo.
Somos policías o…. No quiero faltarle al respeto pero… así, no, no… El otro día vino el Lolo
Martínez, ¿sabe quién es?, el del quiosco, a decirme que había ido por un casual al cementerio y había visto a la mujer de López a los abrazos con el Comisario atrás del panteón de los Garmendia. A los besucones y apretuje atrás de la tumba de uno de los fundadores de Piedras de Molle, don Bautista. ¡Qué falta de respeto!
Don Bautista apretó los labios para que no se le dibujara una sonrisa ante la vehemencia de las palabras del oficial. Por otra parte percibía en Sosa una genuina indignación a la vez que sincero disgusto. Además de que tenía razón. Guerra no podía ir a trabajar en estado de ebriedad ni estar de libertinaje. Era un servidor público. Tampoco convenía que hubiera alguien sin freno de autoridad. Piedras de Molle era un pueblo tranquilo y sin escándalos y así seguiría siendo. A continuación habló con calma y seguridad
–Déjeme ver qué puedo hacer, Sosa.
–Es que va a haber lío por esa mujer, la de López. ¡Y el otro que va más rápido que bombero al incendio…!
–Tranquilícese, Sosa. Vamos a ver qué hacer. Qué se puede hacer. De la mujer de López se encargará López. Y a Guerra no podemos echarlo de Molle. Usted sabe; vino por nombramiento.
Don Bautista hizo una pausa; volvió a apretar los labios pero esta vez tenía fruncido el ceño. Luego siguió
–Sin embargo creo que hay alguien en Montevideo con quien me puedo comunicar.
Tengo que ir para allá por unos asuntos de la escuela en estos días y de paso voy a averiguar, al menos a tratar de averiguar, qué tal este Guerra, antecedentes, actuación, afinidades… A ver qué se puede, o se debe, hacer.
Miró al oficial con gesto severo y agregó
–Esta conversación queda entre nosotros, Sosa. Mientras tanto, trate de hablar en buenos términos con los agentes Fernández y Barbosa pero que les quede claro. Dígales que no comenten nada y se limiten a sus funciones. Que es una orden. Que no se vayan de boca con las mujeres y se mantengan cumpliendo las funciones que se les asignen bajo pena de arresto por falta disciplinaria.
–Entendido, don Bautista. Me mantengo a la orden.

Los días pasaron tal cual venían siendo en el pueblo, pero al regresar de Montevideo don Bautista se llevó una sorpresa: Gualberto Guerra, el Comisario, y la mujer de López, Azucena Pura Benditto, habían desaparecido. Los dos el mismo día.

–No sé, don Bautista. Un día, antiayer o trasantiyer, vino don Lespera y dijo que López estaba mal, confundido, triste el hombre, porque la mujer, la Azucena, no aparecía por las casas. Y nosotros, que tampoco habíamos visto al Comisario…, no se había presentado en la Comisaría ni nada, atamos cabo con rabo. Se fueron juntos, dijimos. Y nos fuimos para allá y le dijimos al hombre: “no se preocupe don López que ella va a volver”, “usted es un buen hombre”, “tienen un hijo”, que “dónde va a estar mejor que acá” y eso…
El que así hablaba era el agente Ismael Fernández. A su lado estaba Rosalío Barbosa con cara de asombro y abriendo y cerrando la boca intermitentemente, afirmando con la cabeza pero sin decir nada.
–¿Dónde está el oficial Sosa ahora? –preguntó don Bautista Pedernal.
–Fue a la casa de López hace rato largo, don Bautista.
–¿Me alcanza hasta allá, Cancela? –dijo don Bautista dirigiéndose al Dr. que había ido a buscarlo a la estación de tren.
–Vamos, sí. Lo llevo.

En el viaje en el auto de Cancela hasta la casa de López, el Dr. habló luego de unos minutos de transitar en silencio.
–Tengo que advertirle algo, don Bautista y espero su mayor discreción, por cierto.
–Dígame.
–Hace un tiempo, cuando usted todavía no estaba en el pueblo, vino un día al consultorio don López con una muchacha que terminó por ser Azucena Benditto. Había llegado recién a lo de Rosa Quintana, ella. Enseguida Rosa vio que la muchacha venía embarazada y escapando de algún lado. Quiso el azar de la vida que estando don López para llevarse el cuerpo de un forajido que había ido a morir ahí, en lo de Rosa, conoció a la muchacha. Rosa le explicó lo que pasaba y arregló con López para que la aceptara como sirvienta hasta que tuviera el hijo pero… López se encariñó con la muchacha y le ofreció casamiento. Y se casaron al poco tiempo. El cura Ambrosio los casó y se fueron un tiempo a la capital. Cuando regresaron volvieron con el niño. Algunos en el pueblo sospecharon algo raro pero, por respeto a López que había resultado herido en un encontronazo de armas cuando servía en la milicia -vio la renguera que tiene -, nadie le reprochó nada. Un buen hombre, López. Muy respetado. Ernestito creció creyendo ser hijo legítimo y, con el paso del tiempo, todos se olvidaron del asunto. Azucena resultó buena madre para Ernestito. Y López lo quería como a un hijo propio. Hasta que llegó este desgraciado de Guerra y alborotó el gallinero. Me imagino al pobre don López. Estas cosas sacan otras a la luz. El pasado; siempre hay alguien con memoria y lengua largas. Larga la lengua más que la memoria.

Pasando los días y los meses, entre el verano, las vacaciones de la escuela, la Navidad, los paseos y chapuzones en la laguna de Molle, las siestas obligadas por el calor sofocante, llegó el Año Nuevo. El pueblo se volvió a dormir. De los desaparecidos, Guerra y la señora de López, nada.

El nombramiento del oficial Amavilio Sosa como Comisario llegó ese otoño.
Fernández y Barbosa quedaron como agentes.
Un día frío y gris apareció el Lolo Martínez con un diario que traía de la capital del departamento. Y allá fue derechito con el comisario. Entre las noticias policiales aparecía la foto de Guerra, el comisario desaparecido de Molle hacía meses, muerto en una balacera cerca de la frontera. Había sido un asunto entreverado y oscuro entre contrabandistas y cabecillas de juego clandestino. Pero no aparecía mención a ninguna mujer en el artículo.
¿Qué había sido de Azucena, la señora de López?
–¿Y si vuelve? ¿Le digo a López, Comisario?
–¡No! Nada. Dame ese diario y acá no pasó nada. Olvídate, Lolo. Y dejá a los López en paz; ya tienen bastante con la falta de la madre de Ernestito.
Iba a ser difícil tarea para el Lolo guardar el secreto, ¡con lo que gustaba conversar!

Así fueron pasando los años, lentamente, en la somnolencia pacífica de Piedras de Molle. A Ernestito López, hijo del dueño de la funeraria, ya todos le decían Lopecito. Hasta el viejo López, su padre, dejó de llamarlo Tito porque así le decía Azucena, la mujer que lo había abandonado. Era mejor olvidar. No hablar ni mencionarla. Ernesto creció y con catorce años empezó a trabajar junto a su padre y el socio, Cayetano Lespera.
Lopecito tenía una singular mirada hacia la muerte. Un día, luego de canjear algunas revistas de aventuras en el quiosco del Lolo, se sentaron ambos en el cordón de la vereda y tuvieron una rara conversación que derivó en negocio. Lopecito le contó al Lolo que estaba haciendo una colección de “sonrisas”. Cuando le tocaba preparar los cuerpos de algunos difuntos poniéndoles algodón en la boca y la nariz, descubría que algunos tenían dentaduras postizas o postizos parciales que sacaba para rellenar mejor la cavidad.
–La cara se afloja y se chupa. Después a los muertos se les sale espuma por la boca o agua de la nariz por eso hay que ponerles algodón. Entonces yo les saco las dentaduras o los postizos unidos que tienen. Los tengo guardados. Limpitos. Les paso cepillo con agua y jabón, los enjuago y los pongo en un estante a secar. A mi padre no le gusta pero yo le digo que Dios les va a dar nuevos dientes y que tampoco van a reclamar.
¿Quién va a reclamar una dentadura usada, no?
El Lolo escuchaba atentamente a Lopecito y en su cabeza surgió el negocio. Lolo era lo que hoy llamaríamos un “emprendedor”. Ampliaría el rubro del quiosco. Vendería dentaduras postizas. Ya iba a buscar el modo. Esa noche iba a agarrar lápiz y papel para planear el negocio. “Los muertos no necesitan más los dientes pero los vivos tienen que masticar y comer”, pensó el Lolo. Era cuestión de hacer un lugar prolijo adentro del quiosco.
Si hablaba con el hijo del dentista, Armando Quijada, que era más moderno que el padre, dentista también, Ánimo Quijada, le podían pasar pacientes que necesitaran dentaduras. No había nada así por esos lares, había que ir a la capital y no todos en el pueblo, y menos los de campaña, podían. Redondito. Iba a funcionar.
El tiempo le dio la más absoluta razón. Piedras de Molle mostraba nuevamente su generosa sonrisa a quien la quisiera ver. Y así fue que, por largos años, los vecinos del pueblo también pudieron sonreír ampliamente y sin miedo.

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